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Mun y Vrak, extraterrestres a los que se le ha averiado la nave haciendo turismo por la Vïa Láctea, ya tienen tres de los cuatro elementos que necesitan para repararla y volver a su planeta. Cuentan con la ayuda de una asociación de ufólogos y se ven perseguidos por la policía.
Transcripción de la homilía del padre Andreu, tal y como la dijo en la misa de 12 en la catedral de Segorbe de 2026. El fajo de folios que llevó el padre Andreu era grande, por lo que se ha acortado para ofrecer solamente las partes más interesantes
Hermanos, el Evangelio de hoy nos habla del cambio. Todo cambia. Antes el Alto Volta era el Alto Volta y ahora es Burkina Faso. ¿Quién decidió eso? Pues alguien. Y yo me pregunto, ¿de qué sirve cambiarle el nombre a un país si el país sigue teniendo los mismos problemas? Como cuando cambiaron la peseta por el euro. Dijeron que no notaríamos nada y de repente un café pasó de costar cien pesetas a costar un euro. Eso no es cambio, eso es prestidigitación. Yo antes compraba una barra por veinticinco pesetas, y ahora la misma barra me cuesta un euro veinte, que si lo pasáis a pesetas son doscientas, hermanos, DOSCIENTAS, y no me digáis que el pan de ahora tiene más levadura, porque el mismo milagro hizo Jesús con cinco panes y dos peces y no cobró suplemento por gastos de gestión. Como dice san Pablo a los Corintios, epístola segunda, capítulo dieciocho, versículo tres: «El que multiplica el precio sin multiplicar el producto, está caminando sobre las aguas, pero va camino directo al infierno, él sabrá». También lo decía el profeta Habacuc en una carta que le envió a una prima que tenía en Logroño, capítulo tercero, versículo nueve: «Quien multiplica el precio del pan no espere que sobren las migas». Y de esto sabe mucho Donald Trump, que Dios lo tenga donde considere oportuno tenerlo, porque el hombre lleva subiendo aranceles como quien sube al monte Tabor, y ya veis en qué ha quedado la cosa: hasta el Vaticano ha tenido que sacar comunicado, que yo no me lo he leído, que bastante tengo con lo que tengo, pero me pregunto: ¿es esto un buen cambio, hermanos? Pues yo qué sé.
Ya habréis notado un cambio, y es que no ha sonado la campana llamando a misa de doce. Que nadie se preocupe: no es una señal del Apocalipsis, lo que sí es una señal del fin de los tiempos es que ayer se muriera Tamariz, si la Santa Sede no ha iniciado el proceso de canonización, ya está tardando, id pensando una carta, hermanos, que en cuanto el Señor os llame a su lado y vayáis al cielo, San Juan Tamariz os la va a adivinar del tirón; volviendo a la campana, no es que la hayamos electrificado ni que le hayamos puesto inteligencia artificial, que eso sí es cosa del maligno, ¿vosotros le habéis visto la cara a Sam Altman? Ese hombre tiene doce o trece súcubos en el cuerpo y de íncubos no quiero ni pensarlo. Oigo murmullos entre los primeros bancos y pido calma, no me interrumpáis el hilo, que el Espíritu Santo y yo llevábamos buen ritmo y ya sabéis que yo no necesito mucho para despistarme. La campana no sonará ni hoy ni en los próximos días. La están reparando dos buenos samaritanos, dos benefactores anónimos, no eran suecos, pero lo parecían, muy rubios, de estatura contenida y muy amables, y encima gratis, ni un euro nos han pedido, así de majos son, que ya podrían tomar ejemplo algunos de por aquí que cobran hasta por venir a arreglar el grifo de la sacristía. Cosa que a mí, para qué os voy a engañar, ya me pareció un poco raro, tanta generosidad sin pedir nada a cambio, pero como dice el libro de los Jueces, capítulo seis, versículo doce: «No preguntes demasiado al que viene a arreglarte gratis lo que llevas años sin arreglar tú», y ahí lo dejo.
Y hablando de cosas que suenan: ¿a alguien le suena un deporte que se llama 'natación artística'? Porque a mí no hasta el otro día, que estaba haciendo apostolado en el bar de Jesús Gutiérrez, al que por cierto hace tiempo que no veo por la parroquia, y tenían puestos los campeonatos mundiales en París. Había ocho personas debajo del agua sonriendo. Si yo estuviera debajo del agua estaría bastante preocupado, pero Dios reparte dones distintos. Como dice el libro de Job: «A unos les dio pulmones; a otros, pinzas para la nariz» (Job 12,8). En verdad os digo que aquello sí era armonía, hermanos, eso sí que era cuerpo y espíritu moviéndose al unísono, como debería ser esta parroquia y no lo es, que el otro día en el coro cada uno iba a su aire, monaguillo incluido. Las españolas hicieron un ejercicio técnico que, para mí, es lo más cerca que ha estado la humanidad de la Ascensión sin necesidad de nube. Como dice el salmo... el que sea, alguno habrá que hable de nadar sincronizado, ya lo miraré. Nos llevamos la plata porque las rusas nos copiaron el color del bañador o algo así. Eso me recuerda que pasado mañana es la final de waterpolo de los Juegos Mediterráneos, y se enfrenta el combinado nacional contra el de la Ciudad del Vaticano. Algunos pensaréis que tengo el corazón dividido, pero como dijo San Cucufato en el versículo quinto de su sermón de la Sandalia Perdida: «De aquí no se mueve nadie hasta que aparezca mi alpargata», así que dejaremos que el Espíritu Santo decida quién gana, no se ha dado el caso de palomas acuáticas, aunque con los alimentos transgénicos y la contaminación acústica yo ya me creo cualquier cosa.
Volviendo al tema que os preocupa, hasta que regrese la campana tendremos que apañarnos avisando de las misas a viva voz, como en los tiempos de mi abuelo, que ya veis que todo lo antiguo siempre vuelve, hermanos, hasta las campanas se toman sus vacaciones de agosto, como todo hijo de vecino. La campana volverá pronto, que el pan seguirá caro, Trump seguirá subiendo lo que le dé la gana y a lo mejor Burkina Faso pasado mañana se llama el Bajo Vatio, demos gracias a los no suecos y daros la paz entre vosotros, hoy no hay comunión que tengo que dar misa en tres parroquias más y no tengo el don de la bilocación, porque ya lo dijo el profeta Malaquías en una nota al margen en su postal a los cananeos durante unas vacaciones en Betania: «El Señor distingue el tañido del bronce, pero atiende antes al que ha aparcado bien». Podéis ir en paz. Y si alguien tiene que ir a Navajas, salgo en cinco minutos, eso sí, la gasolina la pagamos a escote.
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Vrak empuja el carro del Mercadona con expresión de profundo desacuerdo, la campana ocupa prácticamente todo el carro y todavía sobresale por ambos lados. Además, cada pocos metros una rueda protesta con un chirrido agónico.
—Esto es profundamente ineficiente —dice Vrak, sin dejar de empujar—. Un carro de supermercado con ruedas descalibradas tarda cuarenta minutos en cubrir una distancia ridícula y nos obliga a ir por el arcén de la autovía. Podríamos haber echado mano de otros medios de transporte igualmente toscos pero con menor exigencia de esfuerzo cinético por nuestra parte.
—Las ordenanzas de Rodalies no permiten transportar bultos de más de treinta kilos ni objetos de más de un metro de longitud —contesta Mun, sin frenar el paso—. Y esto pesa quinientos setenta y nueve kilos y mide un metro de diámetro. Técnicamente incumplimos las dos normas a la vez con un solo objeto, lo cual, si lo piensas, es una forma de eficiencia.
Vrak no encuentra una respuesta inmediata a eso, lo cual, en él, equivale a admitir que tiene razón.
—No lo había pensado.
—A lo mejor tengo que llevar la logística yo a partir de ahora. Dicho con el debido respeto, comandante.
Siguen avanzando con los casi seiscientos kilos de bronce rodando a la elegante velocidad de un continente. A la altura del polígono, son detectados por el inspector Soler, que está regresando a su coche patrulla después de comprarse un helado de tutti frutti y pistacho. Distingue a las dos figuras empujando el carro en plena autovía y no se lo piensa dos veces: deja el helado en el salpicadero junto al dibujo de Mun, pone las luces y la sirena y arranca para buscar el enlace del polígono con la autovía.
Inicia lo que en su cabeza es ya una persecución de película y en la realidad es una persecución a un carro de supermercado que apenas alcanza los 40 km/h, y eso cuesta abajo. Ya está cogiendo la salida, ve su objetivo a poco más de cien metros cuando el móvil se ilumina con una videollamada.
MARILUZ ❤️ (GORDI)
Descuelga por inercia.
—¿Eduard? Eduard, ¿me oyes? Los niños llevan preguntando por ti un montón de días, y tu suegra dice que si no llamas hoy se planta ella allí, y yo ya no sé qué decirles, ¿estás bien? ¿Dónde estás? ¿Qué es ese ruido?
—Estoy... —Soler mira al frente. Un camión que también salía del polígono se interpone entre él y la salida de la autovía—. Estoy trabajando, cariño.
—¿Trabajando en qué, Eduard? Porque llevas tres semanas trabajando y no sé ni en qué caso estás. ¿Estás comiendo bien?
Soler mira el helado.
—Más o menos.
Cuando el camión por fin se incorpora al tráfico y consigue terminar la llamada, el carro y los sospechosos se han esfumado. Para colmo, el helado se le ha derretido, es la segunda vez que se queda sin tomarlo y encima se ha manchado un poco el dibujo que le hizo uno de los sospechosos.
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Una furgoneta de alquiler conducida por Rafa y Núria recoge a Vrak y Mun en la siguiente salida. En la parte de atrás viajan la campana, el bidón amarillo lleno de seda, el catalizador salino y el silbato, sujetos con tres cinchas y una cantidad de optimismo difícil de justificar.
Vrak contempla los cuatro componentes en silencio. Sonríe casi por primera vez desde que aterrizaron en la Tierra.
—Cuatro de cinco —dice, dándole una palmada al bronce como quien felicita a un jugador tras el partido—. El quinto no puede ser tan difícil, ya le hemos cogido el ritmo a este planeta.
Mun asiente. No dice que sabe dónde está el quinto componente desde hace bastante tiempo, ni que sigue sin tener la menor idea de cómo explicarle al comandante que lleva semanas formando parte de la atracción principal de un restaurante.
¿Te ha sugerido algo el relato de hoy? Me encantaría leerlo.
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