Agosto. Una historia de marcianos
Agosto · Una historia de marcianos Entrega XII
21/08/2026

XII. La confesión de Mun y la medalla de oro

Entrega XII
XII. La confesión de Mun y la medalla de oro
☀ Resumen de lo publicado
Mun y Vrak ya han conseguido cuatro de los cinco componentes que necesitan para reparar su nave. Mientras el inspector Soler estrecha el cerco sobre ellos, la AVUI empieza a mover ficha por su cuenta, y algo que Mun lleva callando desde casi el principio de esta historia está a punto de salir a la luz.
—¿Por qué nosotros? —pregunta Vicente frente a la fachada de El Rincón del Grao.
—Porque el policía ese ha mandado una circular de busca y captura de los investigadores escandinavos, y nombra también a Rafa y Núria —le contesta Amanda.
—Ya.
—Y nosotros no aparecemos, somos los únicos que podemos entrar ahí sin levantar sospechas. Ya verás, de esta me nombran vicepresidenta de la asociación y a ti... —Amanda contempla a Vicente, embelesado con la atracción espacial que adorna el techo del restaurante—. A ti te darán una placa conmemorativa. Y un pin.
—¿Y cómo lo hacemos?
Amanda se baja del coche y señala la puerta.
—¿Cómo? Comiendo. Te espero dentro
El Rincón del Grao recibe al mediodía la luz que mejor le sienta: entra por los ventanales y le da a la cúpula del techo, con sus leds azules parpadeando entre banderines de 4,7★ Tripadvisor, un aire casi ceremonial, como si en vez de un restaurante de menú del día fuera el templo de alguna religión menor.

—Mesa para dos, mi compañero está aparcando —dice Amanda, mientras mira alrededor, calibra ángulos y cuenta salidas de emergencia con una profesionalidad que ella considera digna de James Bond pero que parece más bien sacada del Superagente 86.
Gaspar Nebot la atiende en persona. Cuando trata de acomodarla en una mesa en el centro del salón ella pide algo 'más íntimo', y el hostelero la lleva a una más apartada y que está justo al lado de las escaleras que llevan a la cúpula de la nave espacial.
—¿Para beber?
—Agua con gas, y el pazguato de mi acompañante no sé lo que quiere. Una cosa, don...
—Gaspar Nebot. Para usted, Gaspar, y cuando tengamos confianza, 'Gasparín'.
—¿Siempre tienen tanta gente? —pregunta Amanda, con la vista puesta en la cúpula.
—Depende del día, aunque he de decirle que no siempre tenemos chicas tan guapas acompañadas de pazguatos.
—¿Siempre está usted aquí? —continúa ella, ignorando su comentario.
—Casi siempre. Aunque me puedo ausentar por un buen motivo. Por ejemplo, para salir a contemplar las estrellas en buena compañía, o a dar un romántico paseo por la playa.
—¿Esto de la cúpula se desmonta para limpiarla?
—Si quiere visitar la cúpula, solo tiene que pedirlo. Señorita, aquí sabemos perfectamente cuándo alguien viene buscando algo más que una paella.
Amanda tarda tres segundos en procesarlo.
—¿Perdone?
—Que no hace falta que me haga tantas preguntas.
—No le estoy invitando a pasear bajo las estrellas.
—Ah.
—Estoy preguntando por la instalación.
—Claro.
—Por la cúpula.
—Sí.
Amanda lo mira fijamente.
—Y por la cantidad de gente que hay.
—También.
—Entonces no estoy ligando con usted.
—Bueno, esa es su opinión.
Amanda, roja de indignación, está a una frase más de levantarse y arruinar la operación cuando llega Vicente y se interpone entre los dos.
—Perdone —dice con toda naturalidad—. Mi amiga es muy tímida.
Amanda se vuelve hacia él, indignada.
—¿Tímida?
—Muchísimo —Vicente se gira hacia el mostrador de recuerdos, cambiando de tema con la sutileza de quien no sabe que está siendo sutil—. ¡Qué bonito el sitio! Oiga, ¿me puedo llevar uno de esos?

Señala el expositor. No es un llavero cualquiera: es horroroso, con forma de nave espacial y una inscripción en letras verdes que dice Gaspar's Alien Experience. ¡Abducimos sonrisas!.
Gaspar, halagado de que alguien aprecie su mercancía y no solo su vida amorosa, se relaja de inmediato y se lo cobra él mismo.
—¿Me hace factura? —pregunta Vicente.
—¿Factura... de un llavero?
—Es para la asociación.
—Qué asociación.
—Una muy seria.
Mientras tanto, Amanda ya ha completado el reconocimiento: la cúpula, los dos seguratas apostados junto a la entrada, las cámaras sobre la caja, y, a través del ventanal, la fila de coches de Policía y Guardia Civil aparcados en la explanada de enfrente.
—¿Siempre hay tantos policías por aquí? —pregunta Vicente, señalando afuera con la bolsa del llavero todavía en la mano.
—No solo policías —contesta Gaspar, con el orgullo de quien lleva la cuenta—. Policía Nacional. Guardia Civil. Policía Local. Bomberos. Protección Civil. Agentes Forestales. Los de mantenimiento de carreteras. Un veterinario, que no sé muy bien por qué, pero viene siempre. Y un señor de Hacienda que aparece todos los jueves y tampoco sé por qué, pero paga bien y no pregunta. También hay un par que creemos que son de la Secreta, pero no hay manera de que lo confiesen.
Amanda y Vicente se miran sin hacer más comentarios y dan cuenta del menú del día, 'No pidas postre, o Maribel nos sube la cuota', le pide ella cuando acaban.
—Necesitamos un día en que todos ellos estén ocupados a la vez —dice Amanda, ya de vuelta en la furgoneta—. Policía, Guardia Civil, bomberos, forestales, carreteras, el veterinario, y el de Hacienda.
—Y los de la secreta.
—Y los de la secreta.
—Eso no va a pasar nunca —dice Vicente.
Ninguno de los dos se imagina todavía que dentro de poco va a pasar exactamente eso.

Mientras tanto, Mun, Vrak y Rafa están en la bodega del Eclipse Total Party Boat, que no se ha vuelto a hacer a la mar desde el día 12. Han conseguido convertir el espacio en algo parecido a un hogar: han domesticado el lugar con una eficacia que Mun considera preocupante y Vrak simplemente tolera: hay ropa tendida entre dos tuberías, una pequeña zona de cocina improvisada junto a una caja de herramientas, tres vasos que nadie recuerda de dónde han salido y la campana, cuidadosamente instalada sobre una mesa, que hace las veces de soporte para la televisión cuando no la utilizan para almacenar cosas encima. Mun incluso ha comprado un cartel de Mr. Wonderful que conmina a los habitantes de la casa a darse abrazos y compartir la felicidad (quiere llevarlo en la nave cuando vuelvan, pero el comandante Vrak no lo ve claro). No es un ático de seis millones de euros en el centro de Madrid, pero tampoco está mal.

Vrak no ve claro eso ni en general ve nada más, porque en este momento está concentrado en la pantalla de televisión, donde se está emitiendo la final de waterpolo de los Juegos del Mediterráneo de Taranto. España, que partía última en todas las casas de apuestas, se juega el todo por el todo contra la potente selección de la Ciudad del Vaticano

—¡El boya, cubrid al boya! —grita Vrak, inclinándose hacia delante.
Rafa y Mun se miran.
—No están siguiendo las corrientes de Saturno —protesta Vrak unos segundos después, visiblemente indignado con la estrategia española.

El Bronco Ibáñez se desgañita a tres metros de distancia del borde de la piscina.
—Pobre Bronco, desde ahí no le van a escuchar. Con lo cerca que lo tenían...

Vrak lleva varios minutos completamente absorto. El silbato que lleva colgado del cuello descansa sobre el pecho y sus ojos no se separan de la pantalla. España y su rival llegan a los últimos minutos empatados. Mun aprovecha para acercarse a Rafa.

—Tengo que contarte una cosa que debería haberte contado hace bastante tiempo.
—¿Qué cosa?

Mun baja la voz, aunque Vrak sigue tan concentrado en el partido que podría caerse una de las tuberías del techo y probablemente le pediría al árbitro que revisase la jugada.

—Sé dónde está el quinto componente. Lo sé desde hace tiempo, pero no se lo he dicho a Vrak.
—¿Por qué?
—Creo que necesitaba unos minutos para asimilarlo y pensar en cómo decírselo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el 5 de agosto.
Rafa lo mira fijamente.
—Eso fue hace dieciséis días. Eso son muchos minutos.
—Veintitrés mil cuarenta. Y no sé si son suficientes.
—¿Y dónde está?
—En un restaurante, 'El Rincón del Grao'. Se ve que el dueño la encontró, pensó que era una instalación artística que nadie iba a reclamar, y la instaló en el restaurante.
—¡Yo he estado allí! ¡Os estaba buscando!
—Todavía hay más: he mandado a Vicente y Amanda a que vayan allí a inspeccionar en qué estado está y si es posible recuperarla discretamente.

Rafa lamenta que Núria no esté con ellos en ese momento, porque sabría exactamente lo que habría que hacer. 
—Bueno, ya nos ocuparemos de ellos luego. Ahora se lo tienes que decir a Vrak.

Mun asiente y ambos miran al comandante, que acaba de levantarse porque España ha recuperado el balón. El partido entra en los últimos segundos. Vrak vuelve a sentarse, completamente concentrado.

—Comandante —dice Mun. Vrak no responde—. Vrak.
—Ahora no.
—Tenemos que decirte algo.

Vrak aparta finalmente los ojos de la televisión.

—Sé dónde está el quinto componente. Está en un restaurante llamado 'El Rincón del Grao'. y es muy difícil de recuperar, de hecho puede que haya sufrido daños irreparables. Lo sé desde el 5 de agosto y no te lo he dicho porque necesitaba unos minutos.

Vrak permanece inmóvil, la mirada que dirige a Mun no es de enfado inmediato, sino de absoluta incredulidad, y lo que más aterra a Mun es que el comandante no guarda sus habituales tres minutos exactos de silencio.

—¿Unos minutos? Llevamos ciento treinta y seis años trabajando juntos y jamás me habías ocultado información sobre una misión. Ni una sola vez. Has decidido por tu cuenta qué debía saber y cuándo debía saberlo, y eso, Mun, no es propio de ti; es exactamente lo que hacen los humanos cuando creen que están protegiendo a alguien, cuando en realidad simplemente están decidiendo por el otro. Es un comportamiento totalmente humano, y pienso denunciarlo ante el Gran Consejo si alguna vez conseguimos volver.

Mun no responde y Vrak parece querer añadir algo, pero en la televisión, el árbitro señala penalti a favor de España y todos se giran hacia la pantalla. El jugador español agarra la pelota y se pone de espaldas a la portería. Cuando el árbitro hace sonar el silbato, ejecuta perfectamente un movimiento a favor de las corrientes de Saturno que ha aprendido de Vrak, y la pelota entra limpiamente por la escuadra.

La grada estallaría de júbilo si hubiera más de diez personas viendo el partido, pero solo hay tres periodistas, dos agentes de seguridad, el hijo (pendiente de legitimar) del portero del equipo de Ciudad del Vaticano, el papa León XIV y cuatro miembros de la Guardia Suiza.

A falta de entusiasmo entre el público, es el periodista español el que grita, «ESPAÑA ES CAMPEONA DE LOS JUEGOS MEDITERRÁNEOS».

La retransmisión enfoca entonces al Bronco, saludando al entrenador del Vaticano y haciéndole una peineta al papa mientras le grita, «¡Esto por pasarte el partido insultando a mis jugadores, ¿dónde está tu Dios ahora?». Rápidamente sus jugadores lo cogen en volandas y lo mantean. Cuando por fin le dejan descansar, el periodista le acerca el micrófono.

—Bronco, no te voy a engañar. No me he preparado la entrevista porque pensaba que a mitad de partido os ibais a retirar. El micrófono es tuyo, di lo que quieras.

El Bronco respira entrecortadamente, todavía emocionado.

—Le quiero dedicar esta medalla a un amigo que sabe más de corrientes de Saturno que nadie en este mundo.

Vrak abre mucho los ojos. De dos de ellos brota una lágrima. En la pantalla, el Bronco mira hacia el borde de la piscina.

—Esto va por ti. Te lo prometí.

Y se lanza al agua, derrotando la tradición de la fobia al agua de todos los entrenadores de waterpolo de su familia. Vrak no dice nada, acaricia en silencio el silbato que el Bronco le regaló mientras una lágrima asoma en su tercer ojo y susurra «De nada, viejo amigo. Lo habrías logrado sin mí».

Mun lo observa en silencio. Vrak se limpia las lágrimas y vuelve lentamente la cabeza hacia Mun y le sonríe, todavía con los ojos húmedos. Coge el silbato que lleva colgado del cuello y sopla con todas sus fuerzas.

Rafa se tapa los oídos, Mun parpadea.
—Te perdono. Y perdóname tú a mí.

Mun asiente.

—Gracias, comandante.
—Eso sí, como le haya pasado algo a la nave, vas a ser el primero en probar mi pistola volatilizadora en cuanto la recupere.

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