
Mientras tanto, Mun, Vrak y Rafa están en la bodega del Eclipse Total Party Boat, que no se ha vuelto a hacer a la mar desde el día 12. Han conseguido convertir el espacio en algo parecido a un hogar: han domesticado el lugar con una eficacia que Mun considera preocupante y Vrak simplemente tolera: hay ropa tendida entre dos tuberías, una pequeña zona de cocina improvisada junto a una caja de herramientas, tres vasos que nadie recuerda de dónde han salido y la campana, cuidadosamente instalada sobre una mesa, que hace las veces de soporte para la televisión cuando no la utilizan para almacenar cosas encima. Mun incluso ha comprado un cartel de Mr. Wonderful que conmina a los habitantes de la casa a darse abrazos y compartir la felicidad (quiere llevarlo en la nave cuando vuelvan, pero el comandante Vrak no lo ve claro). No es un ático de seis millones de euros en el centro de Madrid, pero tampoco está mal.
Vrak no ve claro eso ni en general ve nada más, porque en este momento está concentrado en la pantalla de televisión, donde se está emitiendo la final de waterpolo de los Juegos del Mediterráneo de Taranto. España, que partía última en todas las casas de apuestas, se juega el todo por el todo contra la potente selección de la Ciudad del Vaticano
—¡El boya, cubrid al boya! —grita Vrak, inclinándose hacia delante.
Rafa y Mun se miran.
—No están siguiendo las corrientes de Saturno —protesta Vrak unos segundos después, visiblemente indignado con la estrategia española.
El Bronco Ibáñez se desgañita a tres metros de distancia del borde de la piscina.
—Pobre Bronco, desde ahí no le van a escuchar. Con lo cerca que lo tenían...
Vrak lleva varios minutos completamente absorto. El silbato que lleva colgado del cuello descansa sobre el pecho y sus ojos no se separan de la pantalla. España y su rival llegan a los últimos minutos empatados. Mun aprovecha para acercarse a Rafa.
—Tengo que contarte una cosa que debería haberte contado hace bastante tiempo.
—¿Qué cosa?
Mun baja la voz, aunque Vrak sigue tan concentrado en el partido que podría caerse una de las tuberías del techo y probablemente le pediría al árbitro que revisase la jugada.
—Sé dónde está el quinto componente. Lo sé desde hace tiempo, pero no se lo he dicho a Vrak.
—¿Por qué?
—Creo que necesitaba unos minutos para asimilarlo y pensar en cómo decírselo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el 5 de agosto.
Rafa lo mira fijamente.
—Eso fue hace dieciséis días. Eso son muchos minutos.
—Veintitrés mil cuarenta. Y no sé si son suficientes.
—¿Y dónde está?
—En un restaurante, 'El Rincón del Grao'. Se ve que el dueño la encontró, pensó que era una instalación artística que nadie iba a reclamar, y la instaló en el restaurante.
—¡Yo he estado allí! ¡Os estaba buscando!
—Todavía hay más: he mandado a Vicente y Amanda a que vayan allí a inspeccionar en qué estado está y si es posible recuperarla discretamente.
Rafa lamenta que Núria no esté con ellos en ese momento, porque sabría exactamente lo que habría que hacer.
—Bueno, ya nos ocuparemos de ellos luego. Ahora se lo tienes que decir a Vrak.
Mun asiente y ambos miran al comandante, que acaba de levantarse porque España ha recuperado el balón. El partido entra en los últimos segundos. Vrak vuelve a sentarse, completamente concentrado.
—Comandante —dice Mun. Vrak no responde—. Vrak.
—Ahora no.
—Tenemos que decirte algo.
Vrak aparta finalmente los ojos de la televisión.
—Sé dónde está el quinto componente. Está en un restaurante llamado 'El Rincón del Grao'. y es muy difícil de recuperar, de hecho puede que haya sufrido daños irreparables. Lo sé desde el 5 de agosto y no te lo he dicho porque necesitaba unos minutos.
Vrak permanece inmóvil, la mirada que dirige a Mun no es de enfado inmediato, sino de absoluta incredulidad, y lo que más aterra a Mun es que el comandante no guarda sus habituales tres minutos exactos de silencio.
—¿Unos minutos? Llevamos ciento treinta y seis años trabajando juntos y jamás me habías ocultado información sobre una misión. Ni una sola vez. Has decidido por tu cuenta qué debía saber y cuándo debía saberlo, y eso, Mun, no es propio de ti; es exactamente lo que hacen los humanos cuando creen que están protegiendo a alguien, cuando en realidad simplemente están decidiendo por el otro. Es un comportamiento totalmente humano, y pienso denunciarlo ante el Gran Consejo si alguna vez conseguimos volver.
Mun no responde y Vrak parece querer añadir algo, pero en la televisión, el árbitro señala penalti a favor de España y todos se giran hacia la pantalla. El jugador español agarra la pelota y se pone de espaldas a la portería. Cuando el árbitro hace sonar el silbato, ejecuta perfectamente un movimiento a favor de las corrientes de Saturno que ha aprendido de Vrak, y la pelota entra limpiamente por la escuadra.
La grada estallaría de júbilo si hubiera más de diez personas viendo el partido, pero solo hay tres periodistas, dos agentes de seguridad, el hijo (pendiente de legitimar) del portero del equipo de Ciudad del Vaticano, el papa León XIV y cuatro miembros de la Guardia Suiza.
A falta de entusiasmo entre el público, es el periodista español el que grita, «ESPAÑA ES CAMPEONA DE LOS JUEGOS MEDITERRÁNEOS».
La retransmisión enfoca entonces al Bronco, saludando al entrenador del Vaticano y haciéndole una peineta al papa mientras le grita, «¡Esto por pasarte el partido insultando a mis jugadores, ¿dónde está tu Dios ahora?». Rápidamente sus jugadores lo cogen en volandas y lo mantean. Cuando por fin le dejan descansar, el periodista le acerca el micrófono.
—Bronco, no te voy a engañar. No me he preparado la entrevista porque pensaba que a mitad de partido os ibais a retirar. El micrófono es tuyo, di lo que quieras.
El Bronco respira entrecortadamente, todavía emocionado.
—Le quiero dedicar esta medalla a un amigo que sabe más de corrientes de Saturno que nadie en este mundo.
Vrak abre mucho los ojos. De dos de ellos brota una lágrima. En la pantalla, el Bronco mira hacia el borde de la piscina.
—Esto va por ti. Te lo prometí.
Y se lanza al agua, derrotando la tradición de la fobia al agua de todos los entrenadores de waterpolo de su familia. Vrak no dice nada, acaricia en silencio el silbato que el Bronco le regaló mientras una lágrima asoma en su tercer ojo y susurra «De nada, viejo amigo. Lo habrías logrado sin mí».
Mun lo observa en silencio. Vrak se limpia las lágrimas y vuelve lentamente la cabeza hacia Mun y le sonríe, todavía con los ojos húmedos. Coge el silbato que lleva colgado del cuello y sopla con todas sus fuerzas.
Rafa se tapa los oídos, Mun parpadea.
—Te perdono. Y perdóname tú a mí.
Mun asiente.
—Gracias, comandante.
—Eso sí, como le haya pasado algo a la nave, vas a ser el primero en probar mi pistola volatilizadora en cuanto la recupere.
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