Agosto. Una historia de marcianos
Agosto · Una historia de marcianos Entrega X
17/08/2026

X. Rosita Amores y los gusanos de seda

Entrega X
X. Rosita Amores y los gusanos de seda
Resumen de lo publicado: Mun y Vrak ya han conseguido dos de los cinco componentes que necesitan para reparar su nave, pero el reloj no juega a su favor. El cerco del inspector Soler se estrecha, Rafa y Núria se ven envueltos en una misión secreta y una nueva pista lleva a los marcianos hasta Nules, a la sedería clandestina de una exvedette.

El agente Soler lleva media hora sentado a una mesa del bar Leganés, sede de la AVUI, con una libreta abierta y varios miembros de la asociación frente a él. Se ha hecho pasar por un técnico de la Conselleria de Turisme y les ha convocado con la excusa de «Unas preguntas rutinarias sobre turismo astronómico». La conversación ha versado sobre temas triviales mientras Wei Xuan va poniendo cafés, horchatas, ensaimadas, fartons, coca de llanda y una de torreznos que nadie ha pedido pero de la que dan cuenta igualmente.

—Solo quiero confirmar unos datos —dice, con el tono que ha practicado delante del espejo—. ¿Reconocen a estos dos individuos?

Los miembros de la AVUI se miran entre ellos algo confusos.

—Sí —dice Amanda.

Soler arquea una ceja y sonríe.
—Es usted —añade Maribel al ver que Soler no dice nada—. Y permítame decirle que el retrato está muy logrado.

Azorado, Soler guarda el retrato que le hizo Mun y que ha conservado, todavía no sabe por qué, y saca varios dibujos que él mismo ha hecho de los sospechosos, en cada uno de ellos con los disfraces que usaron los primeros días de agosto.

Casildo Almanaque se inclina hacia adelante, entusiasmado, antes de que nadie le dé pie y habla casi sin tomar aire.

—¡Claro que los reconozco! Son los investigadores escandinavos, el que vino y el que no vino, que ese tenía compromisos deportivos ineludibles, y mira que a mí eso de ineludibles sonaba a excusa barata, como cuando Paco dice que no puede venir a las reuniones porque tiene pedicura o porque se le ha muerto la cobaya, hoy mismo, ¿alguno lo ve aquí? Claro que no, ahora va el tío y dice que tiene COVID, pero si eso está pasado, yo no sé dónde se mete, yo casi no me acuerdo de su cara. Los escandinavos estuvieron en el Desert de les Palmes, en la jornada de astronomía, esos dos muchachos tenían pinta de buena gente. Les dije que, si alguna vez iban a Morella, parasen a comer en un sitio...

—Pero disculpe...
—...porque hacen un gazpacho...
—No me interesa el gazpacho.
—Pues usted se lo pierde.

Casildo permanece en silencio unos segundos, pero vuelve a la ofensiva.

—También les hablé de sopas de sobre.
—¿Qué relación tiene eso con la investigación?
—¿Qué investigación? —dice Amanda, que empieza a mosquearse.
—La de la Conselleria de Turisme, claro. Y la de los escandinavos, lo que ellos quieren investigar.
—Ahora que lo dice, se pusieron a hablar también hablaron con un cura, uno de esos que saben de campanas. Decían que iban a recorrer medio Alt Palància porque había un campanario que sonaba distinto... o al revés, que todos sonaban igual menos uno... yo qué sé. Era una conversación muy científica —continúa Casildo—, no sé qué de una acústica rarísima que quieren ir a medir, y yo pensé, oye, qué investigador escandinavo se interesa tanto por campanas, con lo que hay que estudiar en el cielo, y...
—Casildo —lo interrumpe Maribel, sin mirarlo, con la voz de quien lleva media vida interrumpiendo a Casildo—, cállate, por favor.

—Solo estoy colaborando con el caballero.
Soler, que ha dejado de escribir hace ya un rato porque su bolígrafo no da abasto, mira a Casildo con una mezcla de gratitud profesional y desprecio personal que solo un inspector de policía sabe combinar en la misma cara.

—¿Ha dicho usted el Alt Palància?

Casildo abre la boca. Maribel le pone una mano en el brazo con una fuerza que no es exactamente cariñosa.

—El Alt Palància —confirma Casildo de todas formas, porque Casildo, en el fondo, no puede evitarlo—. Algo de un campanario. Y no me pregunte más, que ya he dicho más de la cuenta y la presi me va a cortar la circulación del brazo.

Wei Xuan, desde detrás de la barra, sin que nadie le haya preguntado nada, añade:

—Yo no he oído nada. Yo nunca oigo nada. Y si lo hubiera oído, tampoco lo he oído.

Dicho lo cual, y también sin que nadie se lo haya pedido tampoco, empieza a sacar más cafés, un par de horchatas y una bandeja de pastelitos de camino a la mesa, con la naturalidad de quien lleva años dando de merendar a la AVUI se lo pidan o no. Se hace un silencio raro, casi de tregua, mientras todos mojan algo en algo. Hasta Soler, que llegó dispuesto a intimidar y ahora tiene delante un cruasán de crema que no recuerda haber pedido.

Cuando Wei Xuan reaparece con la cuenta y la deja, con toda naturalidad, justo delante de Soler, este consulta el reloj, dice algo entre dientes sobre Mira qué tarde se ha hecho, y Si salgo ya llego esta tarde, se despide apresuradamente y sale del bar a paso ligero, casi corriendo, dejando la libreta cerrada sobre la mesa un segundo de más antes de volver a por ella y despedirse con un gesto.

—Todos policías son igual —dice Wei Xuan llevando la cuenta a Maribel—, siempre se van sin pagar, y diles tú algo, te hacen inspección que empapelan hasta a tus honorables antepasados.

—¿Crees que era de la policía? —dice Casildo—. Pero si parecía majo.
—Conozco policía en cuanto veo. Además, llevaba pistola en cinturón, la placa le asomaba del bolsillo de la americana y ha venido en un coche de la policía que ha aparcado aquí enfrente.
—Pues menos mal que no le he dicho que los escandinavos están en Nules.
—Esto es más grave de lo que creía —dice Maribel, muy seria, con la cuenta todavía en la mano.
—Mucho más —dice Amanda—. Si los escandinavos resultan ser unos maleantes internacionales, Rafa y Núria se pueden meter en un lío si descubre que están colaborando con ellos.
—Me refiero a la cuenta del ágape, Amanda. Con este nivel de gasto en meriendas, la actual cuota mensual es completamente insostenible. Hay que subirla.

DIARIO INTERESTELAR DE MUN. DÍA 17 DE AGOSTO.

Cuando D. Casildo Almanaque (vocal) nos dijo que el taller de Rosita Amores (vedette) era clandestino, he de reconocer que me esperaba otra cosa, porque la dirección era la de una casa cualquiera de la localidad, en nada distinta de los portales aledaños, por lo que he desconfiado de la información de D. Casildo. Además, no contábamos con la ayuda de Rafa y Núria por dos motivos:

1) Casildo nos había dejado claro que Rosita no recibía a tanta gente en su taller clandestino, debíamos ir solos.
2) Rafa y Núria estaban en una misión especial que, de tener éxito, pondría otro de los componentes al alcance de nuestras manos.

Sobre lo vulgar de la casa, el comandante me ha hecho notar que entre los humanos es habitual hacer ver que algo no es lo que es camuflándolo con el aspecto aparente de las cosas que tiene alrededor y que sí son lo que son. Le dije que resultaría más fácil hacer que la cosa sí sea lo que queremos que sea en lugar de hacer ver que no es lo que es, a lo que me contestó 'Así son los humanos', y añadió que lo había aprendido no solo de la observación, sino de la lectura de la biografía de Miguel Induráin, el humano que iba en bicicleta, que compramos el 3 de agosto. Temo que el comandante se esté humanizando demasiado, y aunque no estoy a disgusto pasando las vacaciones en este planeta, conviene encontrar los otros tres elementos y marcharnos cuanto antes, lo que me hizo recordar que el último de los elementos está sirviendo como atracción turística en un restaurante, y Vrak todavía no lo sabe. Cuando estaba a punto de confesarlo, la puerta se abrió.

(Adjunto imagen de Rosita Amores (vedette), persona que regenta el taller clandestino de seda)

Rosita Amores en su prime

Nos abrió una humana de baja estatura cuya expresión facial indicaba que había tomado la decisión consciente de desconfiar de nosotros antes incluso de conocernos. Establecí ciertas diferencias entre ella y la imagen que nos había proporcionado Casildo. La humana que había abierto la puerta:
1) Era más joven, esta humana debía estar frisando la cuarentena
2) Tenía el pelo negro cetrino, de un negro capaz de absorber la luz del sol. Ni rastro de canas.
3) El contorno de su busto al completo habría cabido tres veces y cuarto en el de Rosita Amores (vedette).
Por lo que deduje que no se trataba de nuestro contacto. Sin embargo, cavilando sobre lo que había dicho el comandante sobre las cosas que no son lo que parecen, le dije a aquella persona:

—¿Rosita?
Levantó una ceja, y ese simple gesto hizo que Vrak y yo retrocediéramos un paso. Tenía la mirada de quien ha aprendido a poner orden sin levantar la voz, nos miraba con una autoridad completamente desproporcionada para su tamaño.

—Vosotros no sois de por aquí, ¿verdad?
—¿Qué le hace pensar eso?
—Dos cosas. Que me hayas confundido con la jefa y que tu compañero lleve puesto un gorro de waterpolo y lleve una pistola de agua en el cinturón. Venga, marchaos con viento fresco.

Antes de que pudiera contestarle que estábamos a 17 de agosto y que el viento fresco ni está ni se le espera, una voz surgió del interior del piso.

—Déjales pasar, Adriana. Son amigos de Casildo. Ya me había advertido que eran raritos. Que se deje el gorro puesto si quiere.

Entramos al taller bajo la atenta mirada de Adriana (ayudanta), que nos indicó mediante lenguaje no verbal que no hiciésemos ninguna tontería. Allí estaba Rosita (vedette), alimentando en la penumbra de una gran habitación a un pequeño ejército de gusanos.

Nos dijo que Casildo la había avisado de nuestra llegada y nos pidió que perdonásemos los modales de su trabajadora, Adriana Modelo. La señorita Modelo no solo era la guardiana del taller, sino también la modelo de las creaciones de Rosita. Entonces nos dimos cuenta de que una de las paredes estaba ocupada por un gran armario abierto repleto de lencería masculina y femenina realizada en seda.

El comandante Vrak tardó exactamente cuatro segundos en distraerse examinando un muestrario de tangas de seda.
—Los humanos reducen constantemente el tamaño de sus prendas —observó—. ¿Existe algún límite inferior?
—Espero que sí —le contestó Rosita—. Pero por tu cara, veo que no es esto lo que estabas buscando.

Analizamos un picardías, unos calzoncillos de estampado de leopardo, un liguero de fantasía  y una bata transparente, mientras Adriana Modelo (modelo) se impacientaba y nos pedía que no manoseáramos el material.

—No entiendo el criterio de clasificación de estas prendas —dijo Vrak.
—Nadie lo entiende, ahí está la gracia de su misterio —contestó Rosita—. Por eso las vendo tan bien.

Le dijimos a Rosita que lo que queríamos era de una calidad distinta, y le explicamos exactamente lo que necesitábamos.

Xiqueta —le dijo a Modelo—, ve al cuarto de atrás y trae un par de ejemplares de la caja amarilla.
—Lo que usted diga, Rosita. Pero yo no pienso modelar para estos dos, no me fío un pelo.
No patisques de res, estos caballeros solo quieren comprobar la calidad de las prendas.

Mientras Adriana (Modelo) fue a buscar el género, Rosita nos contó la historia de su ayudanta: llegó a Nules hacía seis años como niñera para cuidar de los hijos de un matrimonio de Almassora. Vino un fin de semana libre a conocer a su ídola, Rosita Amores (vedette), de la que tenía catorce recortes de revista y dos cintas de VHS que no podía ver en ningún lado pero que guardaba como una reliquia. Se quedó a merendar. Seis años después, nadie entra en el taller sin pasar antes por ella. Rosita está empeñada en que se busque un buen marido, pero la muchacha ha decidido ser fiel a su jefa. No he encontrado en toda la Tierra un ejemplo mejor de lo que Vrak llamaría 'ascenso eficiente por lealtad no solicitada'.

Me fijé en una fotografía (1) que había detrás de Rosita:

Me quedé embelesado mirándola un rato, tratando de comprender la composición de la imagen. Rosita se me acercó por detrás y dijo con suavidad:

—Si os lo estáis preguntando: sí, yo conocí a vuestro tío Zork. Nadie, desde aquí hasta Andrómeda, manejaba los mandos de un platillo volante como él. Nos entendíamos a la perfección.

Antes de que pudiéramos preguntarle nada, volvió Adriana (modelo) y nos entregó dos tangas sin disimular su fastidio. Los analizamos con la tableta: eran exactamente lo que necesitábamos, el filamento conductor orgánico. Le indicamos a Rosita que nos hacía falta una cantidad total de setenta (70) kilogramos de esa tela, a lo que accedió sin problema, indicándonos que el pago era por adelantado y que pasásemos al cabo de 29 meses terrestres, que es lo que tardarían sus gusanos en producir la materia prima y ella en refinarla.

Cuando le dijimos que la necesitábamos ya, respondió que eso era imposible, que todo el material disponible estaba ya confeccionado en forma de tangas de fantasía. Le contestamos que nos daba igual y cerramos el trato en cuestión de segundos. Adriana contó los créditos humanos tres veces y accedió a darnos el material en un bidón con el símbolo de MATERIAL RADIOACTIVO, para que de este modo pasase desapercibido.

Le pedí a Rosita que añadiese al pedido un ejemplar de tanga azul celeste que tenía bordado el número 10 y el nombre 'Messi', para ofrecérselo como obsequio al humano desorientado que tanto nos había ayudado al comienzo de nuestras aventuras. Nos despedimos de ella: Rosita (vedette) nos dio una foto de ella autografiada de su puño y letra. Adriana (modelo) nos dio dos bolsas de basura, 'Así aprovecháis el viaje, que el contenedor está aquí al lado'.

Ya estamos en el Rodalies, camino de encontrarnos con Rafa y Núria. Espero que les esté yendo igual de bien que a nosotros.

Rafa y Núria llevan un día entero recorriendo el Alt Palància. Han subido ya seis campanarios, tres espadañas, una torre que resultó ser un antiguo palomar y el campanario de una iglesia cerrada al culto cuya única campana llevaba veinte años sin sonar porque el badajo se lo llevó un primo para arreglarlo.

Declina la tarde y suben al campanario de la iglesia de Pavies. Tienen indicaciones de Mun y Vrak para identificar la campana que les servirá como oscilador de frecuencia corta en su nave, pero ninguna de las anteriores es la correcta.

La escalera de caracol parece diseñada por alguien que odiaba las rodillas humanas, Rafa llega arriba bastante después de Núria, y cuando lo hace ella ya ha hecho las comprobaciones y niega con la cabeza. Él se apoya en la pared de piedra con una dignidad muy discutible y suspira. Llega una brisa ligera que no se notaba a ras de suelo, y ambos se quedan en silencio mirando cómo el sol busca ocultarse tras las montañas y la luz anaranjada lo cubre todo.

—Voy a echar esto de menos —dice Rafa, apoyado en el hueco de piedra.

Núria tarda unos segundos en contestar.

—¿El qué, exactamente?

—Esto. Estar ayudando a unos extraterrestres que tenían un tío como el de los Fraggle Rock, acabar viajando de pueblo en pueblo cazando campanarios sin saber muy bien qué buscamos. Que cada uno tenga una historia distinta y que tú sepas contármela sin mirar la Wikipedia.

—Ah —Núria mira también el valle, y su tono de voz baja medio grado, aunque su cara sigue sonriendo—. Pensaba que te referías a otra cosa.

Rafa tarda exactamente dos segundos en comprender el malentendido.

—No... Bueno... Sí. O sea... también.

Se señala primero a sí mismo, luego a ella y finalmente al campanario, como si estuviera dirigiendo el tráfico.

—Lo estoy arreglando fatal.
Núria rompe a reír.
—Para ser periodista, se te da fatal hilar una frase.
—Para ser astrofísica, tú entiendes las cosas al revés cuando te conviene.
—Solo cuando me interesa —responde sin dejar de sonreír.

Rafa comprende que esa es su última oportunidad, se acerca a ella y el beso llega solo. Núria se lo devuelve, es un beso apresurado, torpe, muy poco cinematográfico y sobre todo, corto. Rafa nota cómo ella le apoya las manos en el pecho y lo aparta bruscamente.

—Perdona, lo he hecho mal.
—Cállate y agáchate.
—Eso confirma que lo he hecho mal.
—¡Que te agaches, Rafa!

Núria lo agarra de la camiseta y ambos quedan ocultos por el pretil del campanario. Se lleva un dedo a los labios y con el otro señala a la plaza, donde el agente Soler comprueba que en el sitio donde ha dejado el coche se puede aparcar y después se encamina al interior de la iglesia.

—No era por el beso —dice Núria, ya en voz baja de verdad, mientras se asoma medio centímetro por encima del muro—. Es Soler.
—Ah —Rafa deja salir el aire que llevaba aguantando—. Menos mal. O sea, no menos mal. Pero qué hace este aquí.
—Nos ha seguido.
—O Casildo tiene la lengua muy larga. O ambas cosas.
—O ambas cosas —corrobora Núria—. Tenemos que salir sin que nos vea.

Descienden unos pocos escalones pegados a la pared en silencio, que dura exactamente hasta el primer escalón mal calculado, cuando a Núria se le engancha el pie y suelta un taco que retumba entre la piedra como si el campanario tuviera micrófono. Los dos se quedan congelados, escuchando, pero no hay ningún sonido de pasos alarmados: solo la voz apagada de Soler dentro del confesionario, empezando a hablar de galletas.

Salen por la puerta lateral de la sacristía y rodean la iglesia por fuera, pasan junto al coche de Soler y comprueban que en el salpicadero tiene un dibujo que, si no está hecho por Mun, es de alguien que imita muy bien su estilo.

—Bueno —dice Rafa cuando ya están en su coche y Núria arranca, con el corazón todavía a destiempo—, supongo que el momento ya se ha ido del todo.
—El momento no se ha ido a ninguna parte, solo se ha aplazado. Vámonos a Segorbe, puede que nos dé tiempo a encontrar otro campanario un poco más discreto.
Dentro de la iglesia, la escena ha discurrido en estos términos: Soler se ha encontrado con el padre Andreu y no ha podido preguntarle nada, porque el cura, que lleva siete parroquias a la vez, está acostumbrado a avasallar a todo el que se encuentra. Tras explicarle el día que lleva, los pueblos que ha visitado, las dificultades de mantenimiento, el papa nuevo que es menos comunista que el anterior, «Pero algo hay. Y americano, dos papas americanos seguidos, ¿tú has visto que en las Escrituras saliese algún apóstol gaucho, algún apóstol cowboy? Pues lo que yo digo, nos están empujando a otro cisma de occidente que ríete tú de las monjas de Belorado, del Palmar de Troya y hasta de la suegra de Lutero».

Soler no se atreve a interrumpir, pero cada vez está más incómodo.

—Hijo mío, tienes mala cara.
—Estoy trabajando, padre. Ya le he dicho que soy policía y estoy buscando...
—Precisamente por eso. Ven, confiésate.
—No, no. No necesito confesarme.
—Eso lo decide Dios, no tú.

Obediente, Soler le acompaña al confesionario y en el fondo siente cierto alivio. Lleva tres días poniéndole excusas a su mujer para no contarle el caso que tiene entre manos, sus compañeros creen que se está escaqueando, algunos de sus superiores ya le han deslizado que se coja una baja y otros que se prejubile, se compre un chalet en Llíria y se dedique a pasear por el Parc de Sant Vicent a dar de comer a los patos. En aquel ambiente, decide contárselo todo.

—Llevo tres semanas persiguiendo a dos sospechosos que se me escapan siempre, a veces son astronautas, a veces son falleras, a veces son Rocío Jurado y el torero ese que sale en la tele haciendo el ridículo. Ya casi no sé por qué los persigo, mis superiores creen que estoy obsesionado, mi mujer no sabe nada, pero algo se huele, porque me dice que por qué no me voy a la playa con ella y los niños, y anoche, en un momento de debilidad, me comí las últimas dos galletas de mi hijo mayor que cuando vuelva no las va a encontrar y me estoy pensando echarle la culpa al perro. Y nosotros no tenemos perro.

Silencio al otro lado de la rejilla.

—¿Eso es todo? —pregunta el pare Andreu, con una decepción casi profesional.
—¿Le parece poco?
—Hijo, llevo cuarenta años en esta parroquia. Una vez me confesaron un asesinato. Otra vez me quisieron asesinar. Otra, casi asesino yo al que se estaba confesando, que estuvo tres cuartos de hora detallándome todos sus pecados de pensamientos impuros. Lo de las galletas del niño está bien, pero no es exactamente lo que suele traer a un hombre a un confesionario a estas horas.

—Ya lo sé, padre. Por eso lo he dicho lo último. Lo primero era solo para calentar.
—¿Y qué es lo que de verdad te atormenta?
Soler se queda callado un momento largo.
—No lo sé, padre —dice al fin, con una sinceridad que le sorprende a él mismo—. Creo que lo que de verdad me atormenta es que tengo la sensación de estar persiguiendo algo que no es lo que parece, y que si no estoy encontrándolo es porque no voy a ser capaz de entenderlo, o si solo voy a acabar comiéndome más galletas ajenas.

El pare Andreu, que no tiene ni la más remota idea de marcianos, asociaciones ufológicas que te invitan a merendar ni entrenadores de waterpolo con fobia al agua, asiente con la solemnidad de quien cree estar ante una crisis de mediana edad.

—Cuatro padrenuestros, y hazle caso a su mujer cuando le dice que te vayas a la playa.
—Gracias, padre.
—Y devuélvele las galletas al niño. Un perro que no existe no puede cargar con esa culpa eternamente.

(1) La fotografía de Rosita es real, solo está manipulado el fondo. Te adjunto una imagen del cómo se hizo y de la lona de 54 metros cuadrados que estuvo hasta 2020 ocupando dos plantas de un edificio del barrio de El Carme de València.

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