
Arnau: Bros, hay dos personas muy raras aquí fuera tomando notas.
Silencio de ocho minutos.
Arnau: En serio os lo digo.
Dani: Duérmete.
Arnau: Hablan raro, pero no son guiris normales. Tienen los ojos muy grandes y son bajísimos.
Luis: ¿Alguien ha visto mi camiseta de Los Ramones?
Marc: Lo que has tomado esta noche.
Arnau: No he tomado nada.
Marc: Exacto. Ese es el problema.
Arnau: Resplandecen un poco en la oscuridad.
Luis: Es negra, tiene un agujero en el hombro izquierdo. Quién la tiene.
Arnau envía una foto. Es muy oscura y apenas se distinguen dos siluetas. Una parece escribir en una libreta.
Dani: Son dos tíos con una libreta.
Arnau: SÍ PERO CON ESA CARA.
Marc: No se les ve la cara.
Dani: Bro, deja de hacer fotos random a la gente.
Arnau: NO ES RANDOM SI SON MARCIANOS.
Luis: Dejadlo, la he encontrado. Estaba dentro de la nevera de playa, no sé cuándo la he metido ahí.
Silencio de cuatro minutos.
Arnau: Ya se han ido.
Marc: Buenas noches, Arnau.
Arnau: LOS GUIRIS RAROS NO TIENEN LOS OJOS ASÍ OS LO JURO.
Luis: ¿Alguien tiene mi bañador? Es rosa con lunares verdes.
El responsable de reproducir música en el barco durante la expedición a las Columbretes nos informó de que, a partir de esa misma noche, tendría lugar en Cullera una concentración de sistemas de sonido considerablemente más potentes que el suyo. Dado que uno de los componentes que buscamos es un dispositivo capaz de generar una frecuencia concreta, Vrak formuló la hipótesis de que una instalación acústica de esas dimensiones podría cumplir los requisitos.
El lugar, además, se llamaba 'Medusa', lo cual causó el regocijo de Vrak, porque la forma de vida marítima llamada 'medusa' es más de su agrado que los propios seres humanos. Decepción moderada al comprobar que el nombre es un mero reclamo turístico. Personas en el recinto: miles. Medusas: ninguna.
Para desplazarnos a la localidad del evento, llamada 'Cullera', renunciamos a volver a utilizar nuestra querida red de Rodalies en mor de ganar en tiempo y agilidad. Nos hicimos con un vehículo híbrido de alquiler conducido por Rafa y Núria. El comandante Vrak estaba especialmente silencioso, y se pasó todo el viaje mirando por la ventanilla sin ver realmente qué había fuera.
— Lo echas de menos, ¿verdad? —Dijo Rafa. Vrak asintió sin dejar de mirar hacia fuera—. Seguro que pronto estáis de camino a vuestro planeta.
— ¿Nuestro planeta? No, estaba pensando en el Bronco Ibáñez y los chicos. No creo que se las hayan podido arreglar sin mí. Según mis cálculos, a estas alturas tres de ellos se habrán ahogado y el Bronco estará en posición fetal llorando. Lejos del agua.
El resto de ocupantes del coche guardamos un silencio de exactamente tres minutos.
Decidimos que los humanos se introducirían en el recinto y nosotros nos quedaríamos fuera. El Medusa se observa mejor desde fuera de la valla, que es el único lugar desde el que puede estudiarse sin ser observado a su vez o sin que algún humano se acerque a pedirme que baile.
Identifiqué varios rituales. El primero consiste en entrar acompañado y perder deliberadamente a los compañeros. El segundo consiste en dedicar un tiempo considerable a encontrarlos otra vez y celebrar el reencuentro como si hubieran pasado varios años. El tercero implica la ingestión de diversas sustancias cuya función exacta todavía no he conseguido determinar, aunque sospecho que están relacionadas con la regulación del miedo o con la tolerancia al volumen de la música.
La instalación acústica vibraba en una frecuencia próxima a la que buscábamos, pero no exacta. Aquí no íbamos a encontrar el siguiente componente. Me di cuenta en cuanto llegamos, pero no le dije nada al comandante: quería comprobar si el fenómeno acústico seguía resultándome agradable después de varias horas de exposición continuada. La respuesta fue afirmativa.
Vrak consideraba que eso no justifica haber perdido toda la noche, pero yo creo que una observación agradable sigue siendo una observación científica.
Para cambiar de tema, le pregunté a Vrak por su amigo 'Bronco' Ibáñez. Me respondió que no es su amigo, aunque pronunció la frase exactamente igual que Rafa cuando afirma que Núria «solo es una compañera de la asociación». Me contó que Bronco pertenece a una larga familia de entrenadores de waterpolo. Su padre, su abuelo y su bisabuelo lo fueron antes que él.
Durante un descanso del entrenamiento, Bronco le confesó algo que, al parecer, no suele contar: ninguno de ellos sabía nadar con soltura, es más, todos padecían tanto de acuafobia como de talasofobia, y preferían permanecer en el borde de la piscina dando instrucciones. Por eso todos acabaron siendo entrenadores y ninguno jugador. Mientras hablaba, consulté la tableta. La genealogía coincidía. También encontré un dato adicional: el silbato.
El silbato de Bronco había pasado de generación en generación desde el bisabuelo, y está fabricado con una aleación que contiene metal procedente de un meteorito caído en el Pirineo aragonés a finales del siglo XIX.
Vrak me quitó la tableta de las manos, la recalibró dos veces y sonrió.
—El oscilador de frecuencia corta, el segundo componente, es el silbato de mi amigo Bronco.
—Me acabas de decir que no es tu amigo.
—Ahora no le quedará más remedio que serlo: volvemos a Castellón.
Es tarde cuando el grupo emprende el regreso. Núria se está durmiendo en el asiento del copiloto y a mitad de camino Rafa dice que él también necesita dormir un poco. Entran en una estación de servicio, aparcan entre dos camiones y apagan el aire acondicionado.
Vrak se queda dormido en la parte trasera. Duerme con los tres ojos abiertos, circunstancia sobre la que nadie ha formulado todavía ninguna pregunta porque ninguno está seguro de querer conocer la respuesta. Mun sostiene la tablilla sobre el pecho incluso mientras duerme.
Rafa y Núria reclinan los asientos y se giran dándose la espalda, el aparcamiento está casi vacío y a lo lejos se oye el ruido constante de la autopista.
Rafa decide decir algo, se gira hacia Núria y en su cabeza se forma el inicio de la frase 'Lo del día del eclipse...'. Pero no sabe cómo continuar y vuelve a girarse. Núria nota el movimiento y se gira hacia Rafa. Acerca la mano a su pelo, se lo acomoda y lanza una mirada furtiva a los extraterrestres. Luego se queda dormida.
Tras observarlo todo, Mun escribe una última anotación en la tableta antes de apagarla y, como los demás, dormirse.
Estamos en el ecuador del relato. Si te está gustando, no dudes en compartirlo en redes con la etiqueta #agostomarciano, me ayudará mucho a que llegue a más gente.
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