
Embarcamos en el artefacto flotante a las nueve de la mañana terrestre, junto a una veintena de humanos que el comandante Vrak ha catalogado, sin que se lo pidiera nadie, como 'variedad representativa de la especie'. Vamos acompañados de una veintena de seres humanos, he identificado entre ellos algunos especialmente singulares: un señor de Sagunt con su familia, y ha traído una botella de líquido burbujeante dentro de una nevera de poliespán. Insiste en que es 'el mejor día de su vida, y eso que me casé dos veces'. También dos señoras jubiladas de Alboraia que se han traído sus propias gafas de cartón que conservan del eclipse de 2017 y las enseñan como reliquia de guerra. Está un joven con un palo muy largo y una cámara en la punta que le habla al aparato como si el aparato fuera su superior jerárquico. Y está un perro pequeño con gafas de sol que no son las adecuadas para mirar al sol, cosa que nadie parece haberle explicado al perro.
Hemos navegado durante varias horas hacia el punto de totalidad. El comandante ha pasado el trayecto explicando a Rafa y Núria que en nuestro planeta los eclipses ocurren todos los martes a las 12:17 exactas, duran cuarenta y un segundos, ni uno más ni uno menos, y nadie interrumpe sus tareas para presenciarlos. Los llama 'eclipses eficientes'. Un niño que estaba pegando la oreja le ha preguntado si eso no es un poco aburrido. Vrak ha estado tres minutos en silencio sin saber qué contestar, que es su manera de decir que sí.
A mediodía, el hombre que los humanos llaman DJ ha puesto lo que ellos denominan 'temazos'. Contra todo pronóstico, y contra la teoría del propio comandante Vrak, que sostiene que la comunicación mediante emisión de sonidos es un método primitivo e ineficiente, he descubierto que dicho método resulta extraordinariamente útil para una actividad ritual llamada karaoke. He coreado que a él no le importa estar con una superestrella, que te busques una chica ye-ye y el Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri con dispar éxito.
El pasaje ha bailado conmigo. Anoto, para investigaciones futuras, que la ineficiencia también puede ser una forma de eficiencia si lo que se busca es la alegría, y que esto probablemente hubiera vuelto loco a mi profesor de xenolingüística.
Quince minutos antes de la hora prevista, el capitán ha ordenado a todo el pasaje colocarse en el lado del barco llamado babor con las gafas puestas.
Aprovechando la distracción he hecho emerger mis cuatro extremidades extra para conseguir mayor impulso submarino. Vrak me ha dado ánimos con las mismas palabras que ha usado con su equipo: «Tú puedes, no pienses, respira». Luego ha puesto un ojo en blanco, después el segundo, y se ha quedado con el tercero abierto mirándome, lo cual en él es una forma de decir está algo preocupado.
Me he lanzado al agua siete minutos antes del eclipse. La profundidad exacta y la temperatura constan en mis mediciones. Lo que no consta es cuánto tiempo iba a tardar en volver a la superficie, porque en ese momento todavía no lo sabía.
Rafa mira el reloj del móvil por tercera vez en un minuto. Faltan cuatro para el eclipse y Mun sigue sin salir.
—¿No debería estar ya arriba? —pregunta, intentando que no le tiemble la voz.
Vrak, apoyado en la barandilla con las tres manos ocupadas (una sostiene la tableta, otra la copa de cava que finalmente ha aceptado, la tercera nada, porque a veces necesita una mano libre para pensar), no aparta la vista del agua.
—Mun sabe lo que hace. En nuestro planeta, participaba en todas las competiciones de deportes acuáticos.
—Bueno —dice Núria—, es un alivio saber que era bueno en natación.
—He dicho que participaba, no que fuera bueno.
Ahora son Rafa y Núria los que guardan tres minutos exactos de silencio, solo queda uno para que dé comienzo el eclipse.
—¿Estás nervioso? —le pregunta Rafa a Vrak.
—Los comandantes no se ponen nerviosos.
—Ya.
—Estoy calculando probabilidades. Es distinto.
—Ya.
El sol empieza a apagarse por un borde, como una bombilla defectuosa. Alguien en la proa grita «¡Ya empieza!». Los pájaros que sobrevolaban el barco dejan de graznar de golpe, como si alguien hubiera pulsado un botón. El mar, que llevaba toda la mañana un poco picado, se queda en calma en pocos segundos, como si ya se notase la inminencia del cambio de luz.
Rafa siente un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura. Busca la mano de Núria sin pensarlo, casi sin darse cuenta de que lo está haciendo, y la encuentra ya buscando la suya. Ella no la retira. Al contrario: se la aprieta, con esa fuerza concreta de quien también está viviendo algo por primera vez.
La luz cae del todo. Un minuto y treinta y cinco segundos de oscuridad a mediodía, con el mar quieto y veinte personas y un perro con gafas equivocadas mirando hacia arriba en silencio.
Cuando finaliza el eclipse, todo el mundo rompe a aplaudir y Rafa piensa que tiene que ser ahora. Que si alguna vez va a hacerlo, es ahora, con el mundo recién salido de la oscuridad y la mano de Núria en la suya. Es verano, en el ambiente flota el aroma salino del mar mezclado con la colonia básica que usa ella, el tiempo parece haberse suspendido, es uno de esos momentos que duran toda la vida. Rafa nota que Núria le está mirando de reojo, decide que es el momento, así que gira la cabeza hacia ella.
Entre los dos, rompiendo la superficie del agua con un chapoteo elegante, silencioso y definitivamente no romántico, emerge Mun, sosteniendo en alto algo que brilla con una luz azulada propia, muy poco parecida a la del eclipse. Rafa, que ya tenía la trayectoria calculada y el impulso lanzado, no consigue frenar a tiempo y besa a Mun en la nariz.
Un poco perplejo, Mun reacciona besando a su vez la nariz de Rafa. Este comportamiento no lo había observado antes, pero siempre es mejor amoldarse y no hacer un feo.
—Catalizador salino profundo. Primer componente conseguido —dice con la voz entrecortada por el esfuerzo.
Vrak, desde la barandilla, levanta la copa de cava.
—Por fin algo eficiente.
El eco de los aplausos se apaga y ponen rumbo a puerto. Nadie en el barco entiende muy bien por qué el chico del pelo revuelto se ha puesto colorado, ni por qué la chica del detector electromagnético se está riendo tanto que ha tenido que sentarse.