Agosto. Una historia de marcianos
Agosto · Una historia de marcianos Entrega VII
12/08/2026

VII. El eclipse y el beso

Entrega VII
VII. El eclipse y el beso
NOTAS DE CAMPO DEL AGENTE SOLER. 12 DE AGOSTO
8:47h. Llego al muelle. Nadie. Inicio vigilancia.

9:30h. Sigo sin ver a nadie. Me como el bocadillo de atún que había preparado para las dos, porque el hambre no entiende de horarios de vigilancia. Error táctico: ahora no tengo bocadillo para las dos.

9:41h. Videollamada con Mariluz y los niños. Los niños pasan de mí, Mariluz me dice que aproveche para ir a la playa, que estoy paliducho y mi suegra apunta que me ve desmejorado y demacrado, que si estoy comiendo bien. Finalizo la llamada antes de que la cosa vaya a mayores.

9:43h. Consulto el móvil para ver si mis superiores han cursado mi petición de requisar una embarcación para perseguir a los sospechosos. Reconozco que, después de que uno de ellos se me escapase, soy el hazmerreír de la comisaría. Mis superiores han respondido a mi petición 'Allá te las compongas, Soler'. Entiendo que es una negativa. Saco de la cartera el retrato que me hizo el sospechoso y contengo las ganas de lanzarlo a la basura. La verdad es que me sacó bien.

10:15h. Detecto un individuo desorientado en el muelle, con una camiseta de la selección argentina y una bandera enrollada bajo el brazo. Como estoy aburrido y desesperado a partes iguales, le abordo y directamente le pregunto si está relacionado con los sospechosos. Me dice que no, que ha venido a ver el eclipse, que tenía el pasaje comprado para el Eclipse Total Party Boat, pero que ayer le cancelaron el billete y que no había derecho y que todo era por envidia de los españoles que les robaron la final. Dudo sobre si anotar lo que dice por si hubiera que investigar el hurto del que me habla. Al final anoto solamente 'individuo desorientado, posiblemente relacionado con los sospechosos', porque no me fío de las casualidades últimamente, y porque escribir 'turista con mala planificación económica' en el informe oficial no me parece suficientemente profesional.

13:00h. Sigo aquí. El individuo argentino también sigue aquí. Hemos alcanzado una especie de acuerdo tácito de compartir sombra bajo la misma palmera, aunque no hemos vuelto a hablar.

14:00h. El individuo argentino ha intentado comprar un billete por tercera vez. Ahora discute con una persona de la taquilla sobre si una entrada para un barco puede conseguirse 'por insistencia'. No parece peligroso. Le invito a un helado 'Pero en la heladería de aquí al lado no, que no les gusta los policías, acompáñeme'.

18:00h. Regresamos al puesto de observación. Ni rastro de los sospechosos.

18:20 h. El cielo empieza a oscurecerse ligeramente. Fenómeno meteorológico relevante: eclipse solar total previsto para las 20:32 h.
Los sospechosos siguen sin aparecer.

20:25 h.
El individuo argentino se ha colocado en primera fila junto al muelle. Ha conseguido unas gafas para el eclipse.

20:32h. Totalidad. Un minuto y treinta y cinco segundos de oscuridad. Durante ese minuto y treinta y cinco segundos no ha pasado nada de interés policial, salvo que el argentino se ha puesto a llorar en silencio, cosa que respeto y no pienso incluir en el informe con más detalle.

21:00h. Siguen sin aparecer. Me voy a casa. Y me llevo al sujeto argentino conmigo, habida cuenta de que no tiene donde caerse muerto y, como es chiquitito, cabe perfectamente en la cama de mi hijo mayor. Además, igual es de ayuda.

Al llegar al coche y sacar las llaves se me cae el retrato que me hizo el sospechoso. El argentino lo coge y me dice que está muy bien, que el autor ha captado mi espíritu sobrio a la par que eficiente. Esta vez sonrío en el dibujo. No recuerdo haber sonreído en ningún momento del día. Le digo que gracias y que me lo devuelva, que me lo ha hecho un amigo.
DIARIO INTERESTELAR DE MUN - 12 DE AGOSTO

Embarcamos en el artefacto flotante a las nueve de la mañana terrestre, junto a una veintena de humanos que el comandante Vrak ha catalogado, sin que se lo pidiera nadie, como 'variedad representativa de la especie'. Vamos acompañados de una veintena de seres humanos, he identificado entre ellos algunos especialmente singulares: un señor de Sagunt con su familia, y ha traído una botella de líquido burbujeante dentro de una nevera de poliespán. Insiste en que es 'el mejor día de su vida, y eso que me casé dos veces'. También dos señoras jubiladas de Alboraia que se han traído sus propias gafas de cartón que conservan del eclipse de 2017 y las enseñan como reliquia de guerra. Está un joven con un palo muy largo y una cámara en la punta que le habla al aparato como si el aparato fuera su superior jerárquico. Y está un perro pequeño con gafas de sol que no son las adecuadas para mirar al sol, cosa que nadie parece haberle explicado al perro.

Hemos navegado durante varias horas hacia el punto de totalidad. El comandante ha pasado el trayecto explicando a Rafa y Núria que en nuestro planeta los eclipses ocurren todos los martes a las 12:17 exactas, duran cuarenta y un segundos, ni uno más ni uno menos, y nadie interrumpe sus tareas para presenciarlos. Los llama 'eclipses eficientes'. Un niño que estaba pegando la oreja le ha preguntado si eso no es un poco aburrido. Vrak ha estado tres minutos en silencio sin saber qué contestar, que es su manera de decir que sí.

A mediodía, el hombre que los humanos llaman DJ ha puesto lo que ellos denominan 'temazos'. Contra todo pronóstico, y contra la teoría del propio comandante Vrak, que sostiene que la comunicación mediante emisión de sonidos es un método primitivo e ineficiente, he descubierto que dicho método resulta extraordinariamente útil para una actividad ritual llamada karaoke. He coreado que a él no le importa estar con una superestrella, que te busques una chica ye-ye y el Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri con dispar éxito.

El pasaje ha bailado conmigo. Anoto, para investigaciones futuras, que la ineficiencia también puede ser una forma de eficiencia si lo que se busca es la alegría, y que esto probablemente hubiera vuelto loco a mi profesor de xenolingüística.

Quince minutos antes de la hora prevista, el capitán ha ordenado a todo el pasaje colocarse en el lado del barco llamado babor con las gafas puestas.

Aprovechando la distracción he hecho emerger mis cuatro extremidades extra para conseguir mayor impulso submarino. Vrak me ha dado ánimos con las mismas palabras que ha usado con su equipo: «Tú puedes, no pienses, respira». Luego ha puesto un ojo en blanco, después el segundo, y se ha quedado con el tercero abierto mirándome, lo cual en él es una forma de decir está algo preocupado.

Me he lanzado al agua siete minutos antes del eclipse. La profundidad exacta y la temperatura constan en mis mediciones. Lo que no consta es cuánto tiempo iba a tardar en volver a la superficie, porque en ese momento todavía no lo sabía.

Rafa mira el reloj del móvil por tercera vez en un minuto. Faltan cuatro para el eclipse y Mun sigue sin salir.

—¿No debería estar ya arriba? —pregunta, intentando que no le tiemble la voz.

Vrak, apoyado en la barandilla con las tres manos ocupadas (una sostiene la tableta, otra la copa de cava que finalmente ha aceptado, la tercera nada, porque a veces necesita una mano libre para pensar), no aparta la vista del agua.

—Mun sabe lo que hace. En nuestro planeta, participaba en todas las competiciones de deportes acuáticos.
—Bueno —dice Núria—, es un alivio saber que era bueno en natación.
—He dicho que participaba, no que fuera bueno.

Ahora son Rafa y Núria los que guardan tres minutos exactos de silencio, solo queda uno para que dé comienzo el eclipse. 

—¿Estás nervioso? —le pregunta Rafa a Vrak.
—Los comandantes no se ponen nerviosos.
—Ya.
—Estoy calculando probabilidades. Es distinto.
—Ya.

El sol empieza a apagarse por un borde, como una bombilla defectuosa. Alguien en la proa grita «¡Ya empieza!». Los pájaros que sobrevolaban el barco dejan de graznar de golpe, como si alguien hubiera pulsado un botón. El mar, que llevaba toda la mañana un poco picado, se queda en calma en pocos segundos, como si ya se notase la inminencia del cambio de luz.

Rafa siente un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura. Busca la mano de Núria sin pensarlo, casi sin darse cuenta de que lo está haciendo, y la encuentra ya buscando la suya. Ella no la retira. Al contrario: se la aprieta, con esa fuerza concreta de quien también está viviendo algo por primera vez.

La luz cae del todo. Un minuto y treinta y cinco segundos de oscuridad a mediodía, con el mar quieto y veinte personas y un perro con gafas equivocadas mirando hacia arriba en silencio.

Cuando finaliza el eclipse, todo el mundo rompe a aplaudir y Rafa piensa que tiene que ser ahora. Que si alguna vez va a hacerlo, es ahora, con el mundo recién salido de la oscuridad y la mano de Núria en la suya. Es verano, en el ambiente flota el aroma salino del mar mezclado con la colonia básica que usa ella, el tiempo parece haberse suspendido, es uno de esos momentos que duran toda la vida. Rafa nota que Núria le está mirando de reojo, decide que es el momento, así que gira la cabeza hacia ella.

Entre los dos, rompiendo la superficie del agua con un chapoteo elegante, silencioso y definitivamente no romántico, emerge Mun, sosteniendo en alto algo que brilla con una luz azulada propia, muy poco parecida a la del eclipse. Rafa, que ya tenía la trayectoria calculada y el impulso lanzado, no consigue frenar a tiempo y besa a Mun en la nariz.

Un poco perplejo, Mun reacciona besando a su vez la nariz de Rafa. Este comportamiento no lo había observado antes, pero siempre es mejor amoldarse y no hacer un feo. 

—Catalizador salino profundo. Primer componente conseguido —dice con la voz entrecortada por el esfuerzo.

Vrak, desde la barandilla, levanta la copa de cava.

—Por fin algo eficiente.

El eco de los aplausos se apaga y ponen rumbo a puerto. Nadie en el barco entiende muy bien por qué el chico del pelo revuelto se ha puesto colorado, ni por qué la chica del detector electromagnético se está riendo tanto que ha tenido que sentarse.

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