Agosto. Una historia de marcianos
Agosto · Una historia de marcianos
27/08/2026

XV. La llegada al esprint y el Molt Honorable

XV. La llegada al esprint y el Molt Honorable
Resumen de lo publicado: Mun y Vrak ya tienen todos los componentes, pero han de esperar cuatro días para poder partir. Mientras tanto, el agente Soler les persigue y deciden huir en bicicleta.

Si acabas de llegar a Agosto, estamos a punto de acabar, pero hay más entregas esperándote.

La verdad está ahí fuera
Retransmisión radiofónica de la etapa 6 de la Vuelta a España, Alcossebre > Castelló. Jueves 27 de agosto

—Buenas tardes a todos los que nos siguen por Radio Ciclismo, bienvenidos al final de la etapa Alcossebre-Castelló de la Vuelta a España.
—Y no es una vuelta cualquiera, Paco, está siendo una cita espectacular.
—Y que lo digas, Marga. Cuarenta y dos grados a la sombra y ni una sola nube que quiera hacernos el favor de taparnos un poco el sol. Estamos en el kilómetro cien de esta etapa que va a dejar huella, se lo aseguro, y ahí delante, con una ventaja que sigue creciendo, va escapado el hombre del día: el francés Tête de la Course, que lleva desde el kilómetro cuarenta tirando en solitario como si le debiera dinero al resto de corredores, qué tío, qué manera de pedalear.
—Y hay que decirlo, Paco: este chico no es sorpresa. Viene de ganar dos etapas en el Clásica de Vladivostok, el certamen de Villaconejos de Arriba, tiene el récord de pedaleo submarino en la bahía de Portland y aquí, con este calor, parece estar hasta cómodo.
—Ahí detrás, tirando del grupo, está el italiano Giuseppe Bombín, Il Diavolo della Strada, intentando organizar la persecución sin mucho éxito, porque nadie quiere tirar con este calor y porque además Il Diavolo es famoso por padecer de halitosis; es más, parece que los corredores están quedando para tomarse el vermut en cuanto acabe la etapa y les importa un pimiento quién gane hoy. Más atrás, camuflado en el pelotón, vemos al costamarfileño Ampariues García, que hoy no parece tener el día, pero que todos sabemos que en el último kilómetro puede sacar algo de donde no hay.
—Oye, Paco, y aquí tenemos que parar un momento porque está pasando algo raro con la caravana policial.
—Sí, sí, lo estoy viendo yo también, Marga, hay un despliegue hoy que no es normal, parece que hay más coches patrulla que ciclistas, y resulta que uno de esos coches se está peleando literalmente con los otros para intentar colocarse en cabeza de carrera, y no le dejan, oiga, no le dejan.
—Va un agente con bigote y gafas de sol al volante, y de copiloto... a ver si lo enfocan bien... sí, lleva puesta la camiseta de la selección argentina de fútbol. ¿No será que se han equivocado?
—Con el calor que hace hoy cualquiera se confunde.
—Bueno, vamos a lo nuestro, porque en el pelotón principal está ocurriendo algo que llevamos toda la etapa comentando: ese equipo del que nadie había oído hablar hasta esta mañana, el Bar Leganés-Eclipse Total Boat, que se ha presentado a esta Vuelta por sorpresa y con solamente dos corredores. Pero qué corredores, Paco, qué corredores.
—Uno de ellos, el más alto, lleva toda la etapa rociando con una especie de pistola de agua a cualquiera que se le acerque demasiado, y no sabemos si es una estrategia de refrigeración o simplemente que no le cae bien la gente. Y qué decir sus maillots, parecen diseñados por alguien que odia el ciclismo.
—Y el otro va bebiendo, fíjense ustedes, agua con gas. En plena Vuelta a España. Agua con gas, Paco, ¿habías visto eso alguna vez en veinticinco años de profesión?
—Jamás. Y lo más curioso es que no dejan de mirar hacia atrás, hacia la caravana policial, como si esperaran algo, como si el peligro no viniera de la carretera sino de detrás.
—Ampariues, por cierto, ha debido de fijarse también en el del agua con gas, porque lleva un rato pidiéndole un trago a gestos, y el corredor, sin dejar de pedalear, se lo ha pasado, y el marfileño le ha dado un sorbo y ha puesto una cara que da la vuelta al mundo, ha estado a punto de escupirlo encima del director de su propio equipo.
—¡Qué escena! Bueno, señores, esto se pone interesante, porque el coche de policía, el que se peleaba con los otros, acaba de perder la paciencia y se ha metido directamente dentro del pelotón, entre los propios corredores, algo absolutamente antirreglamentario.
—Y ahí está la reacción, mira, mira, los dos corredores del Bar Leganés detectan la presencia policial y arrancan, arrancan de una manera que yo no había visto en mi vida, esto no es ciclismo, esto es otra cosa, una aceleración que deja a todo el pelotón clavado en la carretera.
—¡Cómo vuelan, Paco, cómo vuelan! Y no solo alcanzan al grupo de cabeza, es que pasan de largo al propio Tête de la Course, que llevaba diez kilómetros de ventaja, ¡se lo comen en cuestión de segundos!
—Esto en el coche del equipo Pasamanerías Marín tiene que estar sentando fatal. De hecho, ahí tenemos al director, Henrik Fuleta, hablando por la radio de equipo con su corredor. Conectamos.
—"¡Ve a por ellos, Ampariues, a por ellos!".
—"Pero jefe, no puedo. Y cuando los alcance el de la pistola me va a rociar de agua y así es imposible ganarles".
—"¿Quién ha dicho que les ganes? Quiero que los fiches para nuestro equipo ¡Fíchalos como sea, Ampariues, no me llegues a meta sin un número de teléfono! Como que me llamo Henrik Fuleta que esos dos tienen que correr en el Pasamanerías Marín-Aguas de Anna".
—Esto es lo que está gritando Fuleta, señores, se ha olvidado de la etapa, ya solo quiere el fichaje, está tan nervioso que se ha quitado el peluquín y se lo ha arrojado a Ampariues.
—Pero mientras tanto, los dos misteriosos corredores, que definitivamente no son suecos, como alguien apuntaba antes en la organización, han abandonado el trazado oficial de la etapa y han tomado un desvío hacia el interior, renuncian a la victoria.
—Un desvío que no está en ningún roadbook, Paco.
—Ninguno. Y mientras tanto, ese coche de policía que se metió donde no debía... ha pinchado. Ha pinchado en plena maniobra, señores, se ha quedado tirado en el arcén con el agente del bigote dando patadas a la rueda y el copiloto de la camiseta argentina grabándolo todo con el móvil.
—Ya te lo había dicho, Paco. Esto no es una Vuelta cualquiera.
—No lo es. Seguimos en directo, no se muevan.
DIARIO INTERESTELAR DE MUN. 27 DE AGOSTO TERRESTRE
Llegamos al Desert de les Palmes huyendo de Soler más por inercia que por convencimiento de que allí estaríamos más seguros. Vimos a unas veinte personas acumulándose en la entrada del monasterio, lo cual nos extrañó. Algunos de ellos llevaban boina pese al calor, otros llevaban bufandas y foulards pese al calor e incluso quien llevaba las tres cosas. Atendiendo al atuendo de los allí reunidos, y a que muchos apretaban pliegos de papel sudados en las manos, colegimos que habíamos llegado justo cuando se iba a celebrar el recital de poesía del que oímos hablar en el programa de radio. Parafraseando a Nicanor Parra, un recital de poesía nos pareció el lugar perfecto donde dar esquinazo a la policía, que no se presentaría allí ni por error. Hay humanos que acuden voluntariamente a escuchar poesía a mediodía con cuarenta grados a la sombra, lo que me llevó a deducir que:

1) La especie humana tiene una capacidad considerable de sacrificio
2) Los canapés debían ser de una calidad asombrosa
3) El monasterio tenía aire acondicionado
4) Todas son correctas

Nos acomodamos en unos bancos del final con la sana intención de descabezar un sueño, a imitación de lo que se disponían a hacer el resto de asistentes, a los que pude clasificar en:
1) Familiares y amigos de los y las poetas
2) Poetas
3) Jubilados buscando los puntos 2 y 3 del listado anterior

 Nos despertó la irrupción del sujeto autodenominado como Molt Honorable, con el que ya habíamos tenido varios encuentros y al que cada vez le teníamos menos simpatía. Nadie lo había invitado, pero ha entrado como si hubiera sido él quien organizaba el acto. Ha sonreído y saludado a todo el mundo, ha estrechado la mano de personas que claramente no lo conocen y ha besado a un número moderado de bebés. He observado que las madres limpiaban discretamente la cara de sus hijos en cuanto él se alejaba.

Después ha subido al escenario y ha comenzado a leer un poema. Lo ha hecho con una solemnidad extraordinaria e injustificada, sobre todo porque el poema consistía en una sucesión de frases sobre el paso del tiempo, la tierra, el compromiso e incluso que en algún momento ha citado el BOE. En resumen, cosas que podrían decirse igualmente en la inauguración de una rotonda y que no tenían significado alguno, lo cual ha estado a punto de dejarnos dormidos del todo. He anotado que existe una relación inversamente proporcional entre la solemnidad con que un humano pronuncia un texto y la cantidad de información que contiene.

Entre los asistentes está Àrtur Folk, a quien ya había escuchado por radio la noche anterior. Ahora sé que, además de tener miedo a las pruebas del campeonato, trabaja como fotógrafo para algún medio o boletín local. Estaba haciendo fotografías del recital cuando nos ha descubierto entre el público y ha empezado a fotografiarnos a nosotros.

Como el Honorable estaba muy centrado en la lectura, no se dio cuenta de que poco a poco la sala se iba vaciando: la gente prefería pasar calor que seguir escuchando semejante pestiño. Àrtur Folk se encontraba fumando un pitillo en la puerta, y nos saludó al salir. Temimos que nos reconociera como extraterrestres, pero nos reconoció como participantes del I Campeonato Interservicios. 

Ha elogiado el diseño de nuestros maillots y nos ha hablado un poco más de Honorable: actúa como si todo le perteneciera, pero siempre parece estar esperando algo que no llega. Una puerta que no existe que se abra, unas risas para unos chistes que todavía no ha contado, personas que deberían conocerlo y que, por algún motivo, le evitan.

El Molt Honorable continuaba leyendo en una sala vacía, le hemos echado una última mirada y Àrtur ha sentenciado.

—Es un pobre diablo. No supo reconocer sus errores a tiempo, y eso le va a acompañar toda la vida.

No he encontrado ninguna razón para contradecirlo y, en el fondo, hemos pensado que a quién le importa. Cuando terminó de leer el poema, el patio de butacas estaba vacío, y se quedó esperando un aplauso que no va a llegar nunca.

Nos hemos marchado con Àrtur a tomar buñuelos y agua con gas, hemos concluido que se trata de una actividad cultural bastante más interesante.
Túnel de lavado de una gasolinera de Benicàssim

El coche de Amanda entra en el túnel con un chirrido de raíles y se detiene en el punto exacto que marca una flecha pintada en el suelo. Dentro, con las ventanillas subidas y el motor apagado, Amanda y Gaspar esperan a que empiece el ciclo mientras los primeros chorros de agua caen sobre el parabrisas como el principio de un diluvio programado. Cada vez que pasa uno de los rodillos, tienen que levantar la voz.


—Los investigadores escandinavos tienen que llevarse la cúpula —dice Amanda, sin rodeos.

PLAF. El primer cepillo golpea el lateral del coche justo en ese instante, y Gaspar da un bote en el asiento.

—¿Entera?

—Entera. Dentro de dos días.

—¿Y a mí qué me queda?

—Gaspar, robaste esa cúpula de un descampado, te queda el restaurante.

—Vale, pero sin cúpula, mi restaurante ya no es especial. ¿Por qué se la tienen que llevar?

—Es un secreto.

PLAF. Otro cepillo, esta vez por el techo, con un rugido de motor que obliga a Gaspar a levantar la voz para la siguiente frase.

—Amanda, yo creía que nuestra primera cita iba a ser un poco más romántica.

—Esto no es una cita, es una reunión de negocios. El negocio es que nos llevamos la cúpula y no te denunciamos por robo.

—¿Y yo qué recibo a cambio?

Amanda cierra los ojos un momento. La luz del túnel pasa de rojo a verde y a azul, y durante un segundo Gaspar parece un demonio; al segundo siguiente, un extraterrestre; al tercero, un pitufo con un ambientador aroma jamón ibérico colgado del retrovisor, que ha traído para terminar de seducir a la miembro de la AVUI.

—Gaspar, si quieres ligar te puedes abrir un perfil en Tinder, sin necesidad de secuestrar naves espaciales.

—Eso es un golpe bajo.

—No, es una aplicación. Con lo que me has enseñado del corte de jamón, seguro que arrasas, ponlo en la bio.

Gaspar se queda pensando un momento, casi tentado, antes de volver al tema.

—A ver si va a resultar que son marcianos de verdad, jejeje —dice, y se ríe de su propio chiste con una risa que dura más de lo necesario, hasta que se da cuenta de que Amanda no le está acompañando, y la risa se le va apagando sola, como un motor que se queda sin gasolina—. Serán suecos, como mucho. Bajitos, pero suecos.

—Es que sí que son marcianos.

—Amanda, yo he visto Cuarto Milenio entero. No me la das con queso.

—Con jamón, querrás decir.

Gaspar se queda un instante descolocado, como si esa réplica le hubiera desmontado más argumentos de los que tenía preparados.

—Es en serio —insiste Amanda—. Marcianos. De Marte. O de donde sea, eso no lo hemos precisado, pero marcianos.

Gaspar suelta una carcajada que rebota contra la chapa del coche y se multiplica dentro del túnel con un eco metálico que dura casi tres segundos enteros, de repente se queda muy serio.

—¿¡Tú también eres marciana!?

Amanda se enternece, empieza a ver un atractivo pueril en ese hombre que solo aspira a subir unos céntimos el menú del día.

—Piensa lo que quieras. Pero necesito que digas que sí a lo de la cúpula.

—¿Y por qué iba a decir que sí a algo tan raro?

Amanda respira hondo, y juega la única carta que sabe que va a funcionar.

—Porque la Associació Valenciana d'Ufologia Interestelar te va a nombrar socio de honor.

Gaspar se incorpora en el asiento tan rápido que el cinturón le da un tirón hacia atrás.

—¿Socio de honor?

—Socio de honor. Puedes venir a las reuniones.

—¿Eso viene con carnet?

—Con carnet.

Gaspar se lo piensa exactamente el tiempo que tarda el ciclo de lavado en pasar a la fase de aclarado, que no es mucho.

—Y una cosa más —dice Amanda, jugando su última baza—: la comida de Navidad de la asociación se hará en tu restaurante.

Eso zanja cualquier resistencia que quedara. Gaspar ya no habla de la cúpula, ni de la cita, ni de Tinder: está calculando en voz alta un menú de tres platos, preguntándose si los ufólogos  comen turrón, y exigiendo, como condición añadida y no negociable, un discurso de bienvenida de al menos cinco minutos delante de todos los miembros.

—Lo que tú quieras —dice Amanda, ya agotada, dispuesta a prometer cualquier cosa con tal de cerrar el trato antes de que se le ocurra pedir algo peor.

Justo en ese momento el ciclo termina. Los chorros se apagan de golpe, los cepillos se retiran, y el silencio que cae dentro del coche resulta, de algún modo, más incómodo que todo el ruido anterior. El coche avanza los últimos metros del túnel y sale a la luz de la tarde como si fuera el final triunfal de una película, mientras de los altavoces del propio túnel de lavado suena, sin que nadie lo haya pedido, un pasodoble.

—Que se lleven la cúpula.

—¿Por la AVUI?

—Por la comida de Navidad y por ser socio de honor. Además, me traéis gente a cenar.

Amanda no puede evitar una sonrisa.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé. Pero me lo quedo.

¿Te ha sugerido algo el relato de hoy? Me encantaría leerlo.
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