
A las diez de la mañana, el aparcamiento de El Rincón del Grao parece la escena de un crimen: coches patrulla, camiones de bomberos, una furgoneta de Protección Civil con el motor todavía en marcha por si acaso, y en medio de todo esto, cuatro personas y dos alienígenas que intentan pasar desapercibidas vestidas exactamente igual que la mitad de los presentes.
—Dos bomberos, dos policías, un guardia civil y... —Amanda se gira hacia Vicente, que se ha enfundado el traje espacial de los propios marcianos con un entusiasmo que nadie le ha pedido— ¿un astronauta?
—Es de estos —dice señalando a Mun y Vrak—, es lo único que tenía a mano.
—Parecemos los Village People —dice Núria.
—¿Los qué? —pregunta Mun.
—Da igual. Camina, con estos disfraces no hay razón para estar triste.
La marcha es un poco lenta, ya que llevan la campana, cubierta por una sábana y con el rótulo 'TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS', y el resto de componentes que necesitan para reparar la nave.
Cruzan la explanada en fila, sorteando una carrera de sacos ya en marcha, hasta llegar a la zona del tira y afloja, donde reconocen a tres personas. La primera es la del cabo Ximo Bou, el capità moro que en Calp intentó ligar con Vrak. Su equipo está compitiendo a tirar de la cuerda contra el del comisario Soler, el cual tira con una determinación que sus compañeros de equipo no logran igualar, mientras a su lado, el fan de Argentina graba la escena con el móvil en alto.
—No dejes de grabar ni un momento, boludo —le dice Soler—. Quiero que mis hijos se sientan orgullosos de su padre. Y que no me tengan en cuenta lo de las galletas.
El equipo rival tira con más fuerza. Soler y los suyos avanzan medio metro hacia el charco de barro reglamentario. El hincha sigue grabando, ahora con una expresión que sugiere que ya intuye cómo va a acabar el vídeo.
—Qué alegría volver a verte, rubia —dice el capità moro al reconocer a Vrak, que le devuelve el saludo echándose mano a la pistola de agua que todavía lleva encima.
El equipo de Soler aprovecha el despiste de Bou para tirar con más fuerza y estar a punto de acabar. Hay que darse prisa en localizar la cúpula y revisarla.
—Vicente, tú te quedas aquí fuera —decide Amanda—. Si Soler se acerca demasiado, lo entretienes.
—¿Cómo lo entretengo?
—Tú verás. Eres bueno inventando cosas sobre la marcha, improvisa algo.
Amanda y el resto siguen hacia el restaurante. Dentro, Gaspar Nebot está cortando jamón detrás de la barra con una precisión de cirujano.
—Necesitamos entrar en la atracción —dice Amanda, directa—. Es importante.
—Qué agradable sorpresa verte aquí de nuevo, y qué bien te sienta el uniforme... ¿sargento primera? Lamentablemente, hoy está cerrada por el campeonato —Gaspar se acerca a Amanda para que solo ella le pueda oír—. Aunque siempre puedo hacer una excepción.
—Eso estaría muy bien.
—A cambio de una cita contigo para cenar.
—No.
—¿No a la cita, o no a la excepción?
—No a la cita. Te ofrezco otra cosa: el jueves tengo que lavar el coche. Puedes venir a ayudarme, pero nada más, no quiero ni que me des conversación.
Gaspar se lo piensa exactamente dos segundos.
—Me vale.
Se gira para coger las llaves de la sala y se las da a Amanda. Rafa y Núria van los últimos, un poco apartados del resto.
—A ver, vosotros —Gaspar entorna los ojos, con la seguridad de quien lleva media vida detrás de una barra viendo pasar parejas—. También hacemos convites de boda, si sois amigos de Amanda os hago precio y os regalo media hora de barra libre.
Rafa se pone rígido.
—¿Qué?
—Que tú estás enamorado. O de ella —señala a Núria con el cuchillo del jamón—, o de la manera en que yo corto el jamón, que también lo he visto antes, la gente se queda embobada. Pero no, descarto lo segundo, porque estos jamones son de importación, made in China, y nadie se enamora de un jamón chino.
—No estamos... —empieza Rafa.
Núria, sin darse cuenta, le aparta a Rafa un mechón de pelo que se le ha metido en los ojos, con el gesto automático de quien llevara haciéndolo toda la vida. Gaspar señala el gesto con el cuchillo, como si acabara de ganar una apuesta consigo mismo.
—¿Lo veis? Eso.
Nadie dice nada. Gaspar, satisfecho, los conduce hacia la escalera que sube a la cúpula.
—Hoy invita la casa. Bueno, la casa no, ustedes, que luego me lo cobro en simpatía.
Arriba, la cúpula sigue exactamente como la describió Amanda: la grieta pequeña, la humedad, los grafitis. Mun y Vrak la examinan con la tableta durante varios minutos, dando vueltas a su alrededor.
—Estructuralmente, está casi bien —anuncia por fin—. Empecemos.
La campana sube envuelta en tela de color dorado, con una pequeña tarjeta que dice 'TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS', y nadie, en toda la mañana, le pregunta a nadie por qué el trofeo de honor pesa quinientos setenta y nueve kilos y tiene forma de campana. Los setenta kilos de tangas de seda se colocan como revestimiento exterior, cubriendo la grieta con una elegancia que Rosita Amores probablemente no tenía en mente cuando la fabricó. El silbato se inserta en el cuadro de mandos con un chasquido satisfactorio. Lo vuelven a recoger todo para llevárselo y, por último, vierten el catalizador en la ranura del combustible.
—Este necesita cuatro días —dice Vrak, sosteniéndolo con cuidado—. No está listo hasta entonces.
—¿Por qué cuatro días? —pregunta Rafa.
—Necesita su tiempo. Como el jamón.
Todos se giran hacia el jamón que sigue cortando Gaspar, dos plantas más abajo, sin que nadie sepa muy bien qué relación exacta ha establecido Vrak entre la fermentación salina de un catalizador interestelar y el curado de un cerdo ibérico, pero sin que a nadie le queden ganas de preguntar.
Cuando bajan de nuevo al comedor, Amanda se fija en unos folletos que Rafa ha cogido y se ha metido en el bolsillo trasero del pantalón.
—¿Eso qué es? —pregunta Amanda mientras lo coge—. ¿Menús de boda?
—Son... son para una prima mía.
—Rafa, tu prima mayor está en sexto de primaria.
—Bueno, hay que ser previsor, Amanda. Quién sabe, a lo mejor lo necesitas tú antes que ella —contesta, guiñándole un ojo y haciéndole un gesto hacia Gaspar.
Fuera, no encuentran a Vicente por ningún lado, hasta que Núria señala hacia el escenario improvisado junto a la carpa: Vicente está ahí, con el traje de astronauta todavía puesto, esperando su turno como finalista del concurso de improvisación de sonetos, junto a un Ximo Bou que lleva tres años ganando esa prueba sin que nadie se le haya resistido.
—Cuando le he dicho que improvisara, no pensaba que se lo fuera a tomar tan en serio.
Bou acaba de terminar de declamar su soneto, que trata de una reina mora que se enamora de un porquero cristiano en plena edad media. Cuando le llega el turno a Vicente, improvisa un soneto sobre alienígenas, naves espaciales, agujeros negros, queso de Catí y corrientes marinas hermafroditas. El resultado deja tan estupefacto al jurado que se olvidan de dar paso al siguiente: el hincha de Argentina. Este se adelanta, y declama con una pasión e intensidad que solamente puede producir una raza de psicoanalistas criados a la orilla del Río de la Plata. Habla de fútbol, de la dignidad de la derrota, de la épica de los vencidos y, extrañamente, de un helado de pistacho.
No hace falta ni deliberar: el jurado anuncia el resultado, el ganador es el hincha de Argentina. La reacción es inmediata y desproporcionada: se tira al suelo, se besa el escudo de la AFA, se quita la camiseta, y sale corriendo en círculos por todo el aparcamiento con los brazos abiertos, como si acabara de marcar en la final de un Mundial mientras canta 'El que no salta es un ingléééééés', 'La concha de tu madre, Quevedo, toma culteranismo', contagiando de entusiasmo a todo el mundo.
Los ufólogos sacan de allí a Vicente, algo contrito por su derrota, y se van antes de que a nadie se le ocurra pedirles explicaciones de nada. Cuatro días y todo habrá terminado, si Soler no los agarra antes.
Rafa y Núria se han quedado dormidos en la cubierta, uno junto al otro, compartiendo lo que podríamos llamar calor metabólico transferido por proximidad, que es la forma técnica de decir que se han quedado sin manta y han decidido resolverlo sin decírselo el uno al otro. Han empezado cada uno en una esquina del colchón y ahora están muy juntos. Vrak consideraría altamente ineficiente esta manera de transferir energía, pero yo estoy empezando a dudarlo.
Los observo desde la escalerilla, en silencio, el tiempo suficiente como para que empiece a preocuparme mi propio comportamiento: si no pasa nada extraño (y desde el día 1 casi todo lo que nos pasa es extraño), dentro de cuatro días esto se habrá terminado: la nave, el regreso, el fin de una misión que, técnicamente, ha sido un éxito casi absoluto.
Anoto con extrañeza que la palabra éxito no me produce la satisfacción que debería producirme. He empezado, en algún momento indeterminado de este mes, a echar de menos a los humanos, y lo curioso es que todavía no me he ido. Vrak dormita apoyado en la campana, con el silbato colgado del cuello y con el gorro de waterpolo todavía puesto. Tiene una expresión de paz que no tenía cuando llegamos, me pregunto si a él le pasa lo mismo y simplemente no lo ha verbalizado, porque es de los que prefieren guardarse tres minutos de silencio antes que una frase incómoda.
He decidido tapar a Rafa y Núria con la sábana dorada que hasta esta mañana llevaba escrito TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS. Ha sido lo único que he encontrado a mano. Sí, los echaré de menos a ellos y al agua con gas, no sé cómo convencer al comandante de llevarlos dos o tres toneladas de esa ambrosía con burbujas.
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