Agosto. Una historia de marcianos
Agosto · Una historia de marcianos Entrega XIV
25/08/2026

XIV. La radio nocturna y el calor metabólico

Entrega XIV
XIV. La radio nocturna y el calor metabólico
Resumen de lo publicado: Mun y Vrak tienen que inspeccionar la cúpula de la nave, y aprovechan un campeonato que se organiza en el aparcamiento del restaurante.
Podcast del programa La Noche Nocturna, emisión de la madrugada del 24 al 25 de agosto de 2026, emitido en la Xarxa d'Emissores Municipals Valencianes
[Música de entrada: sintetizadores lentos, un saxofón lejano y un sonido que no se identifica, pero que podría ser una persiana bajando, alguien batiendo huevos o un palmero flamenco desollando un gato]
Buenas noches, criaturas de la madrugada. Son las cuatro y diecisiete. El calor continúa pegado a las paredes, los ventiladores giran con la resignación de quien ya no espera nada de la vida y nosotros seguimos aquí. Esto es La Noche Nocturna y yo soy Martín Mus. Castellón duerme, pero la noche no. Abrimos los teléfonos para que nos contéis los más oscuros secretos de vuestra alma. Primera llamada, ¿qué te aflige, hermano de la madrugada?

Martín, buenas noches. Te llamo porque ayer estaba conduciendo a la altura del castillo de Montornés y vi una cosa rarísima.

El castillo de Montornés, piedras con historia que han visto pasar guerras, aquelarres, fantasmas y quién sabe qué nuevo misterio. Cuéntanos, aliado noctámbulo.

Dos ciclistas subiendo hacia el castillo a una velocidad tremenda. Pero lo raro es que casi no pedaleaban. Uno sí que hacía como que pedaleaba. El otro directamente iba sentado con las piernas cruzadas.

¿Y aun así avanzaban?

Más que yo bajando con el coche.

Gracias por llamar. Mantente lejos del castillo, colega de lo paranormal. Tenemos ahora una llamada de alguien que prefiere permanecer en el anonimato.

Por favor, no quiero que nadie sepa quién soy. Me podéis llamar "Gris Marengo". No es que me dé vergüenza, bueno, un poco sí. Yo antes era alguien muy honorable, no sé si me explico (ríe, con una risa hueca y triste).

La verdad es que no te entiendo, Camarada en la Oscuridad, pero da igual. Cuéntanos por qué llamas.

Porque todo el mundo me ha dado de lado. Ya ves tú, por una tontería, tenía el móvil en modo avión y estaba en una comida, así que nadie me pudo localizar. Y digo yo, ¿dónde queda eso de 'todos somos importantes pero ninguno es imprescindible'? Pues se ve que no, que sin mí no se puede hacer nada. Desde que me pasó no paro de intentar farmear aura, como dicen ahora los chavales, pero no sé si será por el aura o por el farmeo, que no me sale bien. Ahora vivo solo. Con mi chófer, mi escolta personal, mis asesores y dos o tres pelotas.

¿Pelotas?

Pelotas, aduladores, lametraseros, lisonjeros, llámalos como quieras, Martín. Los pelotas son como la energía: ni se crean ni se destruyen, siempre están ahí.

Anónimo honorable, no me estás dando demasiada pena, también te lo digo.

El caso es que no sé qué hacer con mi vida, es que es muy difícil estar acostumbrado a ir a los sitios y ser el centro de atención y ahora nada. Fíjate que he contratado a un escritor de discursos que cada mañana me prepara el texto para abrir unas fiestas patronales, para la inauguración de un tanatorio o para excarcelar a un compañero de partido, pero no tengo ocasión para leerlos.

¿Has pensado en buscarte una afición? Por ejemplo, podrías guiar tu camino hacia la música.

Lo intenté, fíjate que me he presentado como "Gris Marengo" (otra risa hueca), pero no se me dio bien. He pensado dedicarme a la poesía.

Resulta que dentro de un par de días hay un recital, en el Desert de les Palmes, lo organiza una asociación cultural de Benicàssim, gente muy tranquila, sin cámaras, sin focos. Solo poemas y grillos. Ve, sin compromiso. Si lees un discurso parando en mitad de cada frase lo pasas como un poema, como hacen los poetas modernos. Y vamos ya con el siguiente oyente. Nos llama Àrtur Folk, adelante, cuéntanos qué te ocurre.

Mañana es el Campeonato Interservicios y no he entrenado nada, nada de nada, y estoy fatal.

Respira. Cuéntame las pruebas, Aliado de lo Mistérico.

Pesca de patos de goma, para empezar, y yo con los patos de goma tengo un problema, se me escapan siempre, no sé si es el pulso o qué, pero se me escapan.

El pato de goma como metáfora de todo lo que se nos escapa en la vida.

Y luego puntería con manguera de bombero, y ahí el problema es que en el ensayo del año pasado no acerté ni una vez a la diana y en cambio empapé entero al jurado.

Un accidente. O una declaración de intenciones del subconsciente.

Y relevos con extintor, que el año pasado se me cayó a media carrera y casi le da a un guardia civil en el pie.

Casi.

Casi. Y ya lo que más miedo me da son los nudos marineros contrarreloj, porque yo solo sé hacer uno, el que me enseñó mi abuelo, y no sé ni cómo se llama, solo sé que funciona si no lo miro mientras lo hago.

Un nudo de fe ciega. Querido amigo Àrtur, necesitas que alguien te mire el subconsciente, aunque he de reconocer que lo que me cuentas es muy poético; para ser sincero, más que muchas cosas que se van a decir dentro de un par de días en cierto recital del que no diré más. Duerme las pocas horas que te quedan, y mañana, cuando estés ahí con la manguera en la mano, piensa en una sola cosa: dentro de cien años nadie se acordará de si acertaste al pato de goma o no.

Eso no me tranquiliza nada.

A mí tampoco, la verdad, pero suena bien a estas horas. Buenas noches, valiente. Y a vosotros, si seguís despiertos, quizá tenéis una razón. Si no la tenéis, quizá la encontremos juntos. Esto es La Noche Nocturna. Nos vamos a publicidad, no os mováis, la noche tampoco sabe dónde ir.

A las diez de la mañana, el aparcamiento de El Rincón del Grao parece la escena de un crimen: coches patrulla, camiones de bomberos, una furgoneta de Protección Civil con el motor todavía en marcha por si acaso, y en medio de todo esto, cuatro personas y dos alienígenas que intentan pasar desapercibidas vestidas exactamente igual que la mitad de los presentes.

—Dos bomberos, dos policías, un guardia civil y... —Amanda se gira hacia Vicente, que se ha enfundado el traje espacial de los propios marcianos con un entusiasmo que nadie le ha pedido— ¿un astronauta?

—Es de estos —dice señalando a Mun y Vrak—, es lo único que tenía a mano.

—Parecemos los Village People —dice Núria.

—¿Los qué? —pregunta Mun.

—Da igual. Camina, con estos disfraces no hay razón para estar triste.

La marcha es un poco lenta, ya que llevan la campana, cubierta por una sábana y con el rótulo 'TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS', y el resto de componentes que necesitan para reparar la nave.

Cruzan la explanada en fila, sorteando una carrera de sacos ya en marcha, hasta llegar a la zona del tira y afloja, donde reconocen a tres personas. La primera es la del cabo Ximo Bou, el capità moro que en Calp intentó ligar con Vrak. Su equipo está compitiendo a tirar de la cuerda contra el del comisario Soler, el cual tira con una determinación que sus compañeros de equipo no logran igualar, mientras a su lado, el fan de Argentina graba la escena con el móvil en alto.

—No dejes de grabar ni un momento, boludo —le dice Soler—. Quiero que mis hijos se sientan orgullosos de su padre. Y que no me tengan en cuenta lo de las galletas.

El equipo rival tira con más fuerza. Soler y los suyos avanzan medio metro hacia el charco de barro reglamentario. El hincha sigue grabando, ahora con una expresión que sugiere que ya intuye cómo va a acabar el vídeo.

—Qué alegría volver a verte, rubia —dice el capità moro al reconocer a Vrak, que le devuelve el saludo echándose mano a la pistola de agua que todavía lleva encima.

El equipo de Soler aprovecha el despiste de Bou para tirar con más fuerza y estar a punto de acabar. Hay que darse prisa en localizar la cúpula y revisarla.

—Vicente, tú te quedas aquí fuera —decide Amanda—. Si Soler se acerca demasiado, lo entretienes.

—¿Cómo lo entretengo?

—Tú verás. Eres bueno inventando cosas sobre la marcha, improvisa algo.

Amanda y el resto siguen hacia el restaurante. Dentro, Gaspar Nebot está cortando jamón detrás de la barra con una precisión de cirujano.

—Necesitamos entrar en la atracción —dice Amanda, directa—. Es importante.
—Qué agradable sorpresa verte aquí de nuevo, y qué bien te sienta el uniforme... ¿sargento primera? Lamentablemente, hoy está cerrada por el campeonato —Gaspar se acerca a Amanda para que solo ella le pueda oír—. Aunque siempre puedo hacer una excepción.
—Eso estaría muy bien.
—A cambio de una cita contigo para cenar.
—No.
—¿No a la cita, o no a la excepción?
—No a la cita. Te ofrezco otra cosa: el jueves tengo que lavar el coche. Puedes venir a ayudarme, pero nada más, no quiero ni que me des conversación.

Gaspar se lo piensa exactamente dos segundos.

—Me vale.

Se gira para coger las llaves de la sala y se las da a Amanda. Rafa y Núria van los últimos, un poco apartados del resto.

—A ver, vosotros —Gaspar entorna los ojos, con la seguridad de quien lleva media vida detrás de una barra viendo pasar parejas—. También hacemos convites de boda, si sois amigos de Amanda os hago precio y os regalo media hora de barra libre.

Rafa se pone rígido.

—¿Qué?

—Que tú estás enamorado. O de ella —señala a Núria con el cuchillo del jamón—, o de la manera en que yo corto el jamón, que también lo he visto antes, la gente se queda embobada. Pero no, descarto lo segundo, porque estos jamones son de importación, made in China, y nadie se enamora de un jamón chino.

—No estamos... —empieza Rafa.

Núria, sin darse cuenta, le aparta a Rafa un mechón de pelo que se le ha metido en los ojos, con el gesto automático de quien llevara haciéndolo toda la vida. Gaspar señala el gesto con el cuchillo, como si acabara de ganar una apuesta consigo mismo.

—¿Lo veis? Eso.

Nadie dice nada. Gaspar, satisfecho, los conduce hacia la escalera que sube a la cúpula.

—Hoy invita la casa. Bueno, la casa no, ustedes, que luego me lo cobro en simpatía.

Arriba, la cúpula sigue exactamente como la describió Amanda: la grieta pequeña, la humedad, los grafitis. Mun y Vrak la examinan con la tableta durante varios minutos, dando vueltas a su alrededor.

—Estructuralmente, está casi bien —anuncia por fin—. Empecemos.

La campana sube envuelta en tela de color dorado, con una pequeña tarjeta que dice 'TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS', y nadie, en toda la mañana, le pregunta a nadie por qué el trofeo de honor pesa quinientos setenta y nueve kilos y tiene forma de campana. Los setenta kilos de tangas de seda se colocan como revestimiento exterior, cubriendo la grieta con una elegancia que Rosita Amores probablemente no tenía en mente cuando la fabricó. El silbato se inserta en el cuadro de mandos con un chasquido satisfactorio. Lo vuelven a recoger todo para llevárselo y, por último, vierten el catalizador en la ranura del combustible. 

—Este necesita cuatro días —dice Vrak, sosteniéndolo con cuidado—. No está listo hasta entonces.

—¿Por qué cuatro días? —pregunta Rafa.

—Necesita su tiempo. Como el jamón.

Todos se giran hacia el jamón que sigue cortando Gaspar, dos plantas más abajo, sin que nadie sepa muy bien qué relación exacta ha establecido Vrak entre la fermentación salina de un catalizador interestelar y el curado de un cerdo ibérico, pero sin que a nadie le queden ganas de preguntar.

Cuando bajan de nuevo al comedor, Amanda se fija en unos folletos que Rafa ha cogido y se ha metido en el bolsillo trasero del pantalón.

—¿Eso qué es? —pregunta Amanda mientras lo coge—. ¿Menús de boda?
—Son... son para una prima mía.
—Rafa, tu prima mayor está en sexto de primaria.
—Bueno, hay que ser previsor, Amanda. Quién sabe, a lo mejor lo necesitas tú antes que ella —contesta, guiñándole un ojo y haciéndole un gesto hacia Gaspar.

Fuera, no encuentran a Vicente por ningún lado, hasta que Núria señala hacia el escenario improvisado junto a la carpa: Vicente está ahí, con el traje de astronauta todavía puesto, esperando su turno como finalista del concurso de improvisación de sonetos, junto a un Ximo Bou que lleva tres años ganando esa prueba sin que nadie se le haya resistido.

—Cuando le he dicho que improvisara, no pensaba que se lo fuera a tomar tan en serio.

Bou acaba de terminar de declamar su soneto, que trata de una reina mora que se enamora de un porquero cristiano en plena edad media. Cuando le llega el turno a Vicente, improvisa un soneto sobre alienígenas, naves espaciales, agujeros negros, queso de Catí y corrientes marinas hermafroditas. El resultado deja tan estupefacto al jurado que se olvidan de dar paso al siguiente: el hincha de Argentina. Este se adelanta, y declama con una pasión e intensidad que solamente puede producir una raza de psicoanalistas criados a la orilla del Río de la Plata. Habla de fútbol, de la dignidad de la derrota, de la épica de los vencidos y, extrañamente, de un helado de pistacho.

No hace falta ni deliberar: el jurado anuncia el resultado, el ganador es el hincha de Argentina. La reacción es inmediata y desproporcionada: se tira al suelo, se besa el escudo de la AFA, se quita la camiseta, y sale corriendo en círculos por todo el aparcamiento con los brazos abiertos, como si acabara de marcar en la final de un Mundial mientras canta 'El que no salta es un ingléééééés', 'La concha de tu madre, Quevedo, toma culteranismo', contagiando de entusiasmo a todo el mundo.

Los ufólogos sacan de allí a Vicente, algo contrito por su derrota, y se van antes de que a nadie se le ocurra pedirles explicaciones de nada. Cuatro días y todo habrá terminado, si Soler no los agarra antes.

DIARIO INTERESTELAR DE MUN. DÍA 25 DE AGOSTO POR LA NOCHE

Rafa y Núria se han quedado dormidos en la cubierta, uno junto al otro, compartiendo lo que podríamos llamar calor metabólico transferido por proximidad, que es la forma técnica de decir que se han quedado sin manta y han decidido resolverlo sin decírselo el uno al otro. Han empezado cada uno en una esquina del colchón y ahora están muy juntos. Vrak consideraría altamente ineficiente esta manera de transferir energía, pero yo estoy empezando a dudarlo.

Los observo desde la escalerilla, en silencio, el tiempo suficiente como para que empiece a preocuparme mi propio comportamiento: si no pasa nada extraño (y desde el día 1 casi todo lo que nos pasa es extraño), dentro de cuatro días esto se habrá terminado: la nave, el regreso, el fin de una misión que, técnicamente, ha sido un éxito casi absoluto.

Anoto con extrañeza que la palabra éxito no me produce la satisfacción que debería producirme. He empezado, en algún momento indeterminado de este mes, a echar de menos a los humanos, y lo curioso es que todavía no me he ido. Vrak dormita apoyado en la campana, con el silbato colgado del cuello y con el gorro de waterpolo todavía puesto. Tiene una expresión de paz que no tenía cuando llegamos, me pregunto si a él le pasa lo mismo y simplemente no lo ha verbalizado, porque es de los que prefieren guardarse tres minutos de silencio antes que una frase incómoda.

He decidido tapar a Rafa y Núria con la sábana dorada que hasta esta mañana llevaba escrito TROFEO DE HONOR — I CAMPEONATO INTERSERVICIOS. Ha sido lo único que he encontrado a mano. Sí, los echaré de menos a ellos y al agua con gas, no sé cómo convencer al comandante de llevarlos dos o tres toneladas de esa ambrosía con burbujas.

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