
Detalle de 'Nydia, la florista ciega de Pompeya', de Randolph Rogers
Hola, persona a la que le gusta inventarse palabras. Esta carta tiene 2397, tómate tu tiempo para leerlas. Hoy voy a contarte unas cuantas cosas, y puede que alguna de ellas sea mentira. Creo que lo más conveniente es que te las creas o hagas como que te las estás creyendo.
No voy a confesarte casi nada personal, pero sí a hurgar en los secretos, las confidencias, los misterios y en quienes los revelan. Como a cualquier persona tímida, me azora que alguien comparta su intimidad conmigo, pero la acepto siempre como un regalo y la atesoro con celo. Contraintuitivamente, me gustan más las confesiones de las personas que no conozco, o conozco de manera superficial: soy capaz de escuchar con atención las miserias del compañero de asiento en el tren y empatizar con sus confidencias con mayor facilidad que con alguien que tengo cerca, y no soy un caso único: hay abundante literatura científica sobre el tema. Parece ser que hay un tipo de personas que son confidentes ideales, gente a la que los desconocidos suelen contar sus secretos, y ahora he caído en la cuenta de varias personas que cumplen el patrón que se describe y de una, al menos, que tenía esa capacidad magnética de ser receptora de las intimidades ajenas sin hacer nada para fomentarlo.
En mi caso, como te dije hace un par de semanas, tengo querencia hacia los umbrales, a estar más a gusto viendo la vida desde fuera, espiando las conversaciones ajenas sentado en las terraza de una cafetería, inventándole vidas posibles a cualquiera que pase por la calle. Incluso escribiéndote esta carta.
El estudio que te he enlazado un poco más arriba dice que alrededor del 26 % de los secretos que contamos pasan a una tercera persona, y ahora me pregunto qué cuarta parte de mis secretos irá dando vueltas por el mundo en las orejas equivocadas. Y los tuyos qué. Qué parte de tu intimidad no es íntima sin tú saberlo.
Y otras cosas que se pueden guardar
Dice la adivinanza: 'Si me dices, me perderás; si me dicen, seré tuyo'. La respuesta es el secreto, que es una de las cosas que más y menos me gustan a la vez. Hay un pasaje en la película sobre Facebook en la que ficcionan el momento en el que se permite a los usuarios poner su estado civil y lo bien que funciona esa idea: todos llevamos un cotilla dentro que quiere saber más sobre los demás, simplemente por saberlo, y habitualmente queremos que los desconocidos sepan poco de nosotros. La palabra secreto viene directamente de secrētum, que es el participio pasivo de sercenere, 'separar, poner aparte', así que al pronunciar secreto lo que estamos diciendo literalmente es 'aquello que es puesto aparte', todas las cosas que dejamos de lado pero cerca, el alivio de transmitir en voz alta algo a alguien para que ocupe un lugar más pequeño en nuestro pensamiento, ya no eres solo mío, secreto, corre a hurgar la mente de esta otra persona.
El secreto cambia a quien lo guarda.
(Lo transforma en un joyero y un vigilante).
Ojo al campo semántico, los secretos se guardan como guardamos las cosas valiosas, y más tarde se revelan, como un talento oculto o una fotografía antes de la era digital. De las palabras relacionadas con el secreto, mis preferidas son las que tienen que ver con la confianza.
Para construir la palabra confidencia cogemos el verbo latino fidere (tener confianza), del que sale el sustantivo fides, la fe, y le ponemos el prefijo con-, que denota conjuntamente. Es una palabra perfecta entre significado y pronunciación, con esas f, d y c seguidas que exigen casi un susurro: prueba a decirlo en voz alta y suave, confidencia, confidencia. Además, nos ha dado un reverso muy poco usado que deberíamos recuperar: infidencia, la violación de la confianza y fe debida a alguien. Tenemos un verbo específico para revelar secretos: qué habrá llevado a nuestros antepasados a acuñar ese término del que el inglés y el francés carecen (el italiano tiene infidenza, pero creo que no es exactamente lo mismo). ¿Por qué lo tenemos en nuestro idioma y otros no? No lo sabemos, es un
Para casi acabar con la familia de los secretos, te cuento la etimología de misterio, porque es una que me gusta mucho. A misterio llegamos otra vez desde el latín, mysterium, y este había copiado la palabra directamente del griego μυστήριον, (mystérion): lo relativo al μύστης (mýstes), que es el 'iniciado' en un culto o un rito religioso. Te sonarán los 'misterios de Eleusis', que no eran los únicos, pero sí los más famosos: se dedicaban a Démeter y durante nueve días en la época de la cosecha la gente acudía a Eleusis a realizarlos. Ahora querrás que te cuente en qué consistían, claro. Pero no es posible justamente porque eran secretos, no sabemos casi nada de ellos porque la infidencia es una cosa que inventaría el castellano mucho tiempo después. Así es como misterio nació como estar iniciado en un culto secreto y nos ha llegado con un significado similar y diferente: algo que no se puede comprender. Algo que solo podría revelarnos un
Termino esta parte del cometa de hoy con una etimología sencilla pero que me parece graciosa: chivato viene de chivo, pero su significado como soplón es bastante reciente: hasta 1917 no lo he podido encontrar, y como americanismo, asociado a una persona ruin; lo que sí está documentado de mucho antes es la chivata como la vara que usan los pastores, pero no sé si tirar de ese hilo. La entrada chivato tiene ocho acepciones en la RAE, la séptima viene de Panamá y dice: En la tradición popular, fantasma que representa al demonio, y se manifiesta bajo la forma de un chivo que despide llamas por los ojos.

Secretos y chivos / The goat whisperer, de Jorge Mascarenhas, sobre la película 'The Witch'
O como quiera que se escriba
No me gusta nada esto de romantizar los significantes solo porque son bellos. La aliteración casi analógica de bolboreta (mariposa en gallego) es una delicia, pero de ahí a que sea mi palabra favorita hay mucho trecho. Tampoco me gusta romantizar los significantes. Y mucho menos en tiempos en los que palabras tan bonitas como 'manada' o 'libertad' están secuestradas por la canalla.
Y ni hablemos de romantizar la etimología, porque hay gente que se cree que cuando decimos rival estamos todos pensando en aquel que está al otro lado del río. Esta romantización ocurre mucho con lenguas minorizadas como el euskera o el lituano en las que cada sabías que… etimológico se convierte automáticamente en símbolo del carácter y la cosmovisión de un pueblo milenario.
Las palabras que me sulibellan son las que viven en los márgenes de la legalidad gramatical u ortográfica, como romantizar, ¿anglicismo? que aún no recoge la RAE; como la palabra crees que se pronuncia distinto dependiendo de si es indicativo del verbo creer o subjuntivo del verbo crear (¿Tú qué cres? vs. No me creees más problemas); como la tripitiva malllamada (la malllamada inteligencia artificial)…
Pero sin duda la que se lleva la palma es el célebre sal·le (por escribirla de algún modo), el imperativo imposible de escribir según las reglas del juego de la ortografía española, como descubrió el blog Un arácnido una camiseta hace ya 15 años. Ante esta singularidad ortográfica la RAE se encogió de hombros y admitió que había un bug en el castellano, pero no ofreció una solución a toda esa gente que a diario está conminando por escrito a otres a que le salgan al paso, le salgan con excusas o le salgan al encuentro a nosequién.
En un alarde de exhaustividad, la Wikilengua recoge 31 posibles grafías entre las que se encuentran alternativas tan hermosas y rocambolescas como salhle, sálele o sal\le y pormenoriza los pros y contras de cada una.
Ante el abandono del legislador asgámonos a las certezas del maquetador. Atentes, que se viene TRUCAZO. Si tienen sí o sí que incluir el ominoso imperativo en su texto, asegúrense de que el personaje diga "¡Rápido! ¡Sal-
le al paso!" a final de renglón. Esta argucia legal nos dará para aguantar hasta que decidamos de una vez por todas tomar por la fuerza el palacio de invLA RAE.

Entrar para salir y viceversa. Autoría irrastreable
Vámonos de aquí
Te voy a pedir que te pongas en una situación un poco incómoda: estás en un lugar, pongamos que en una fiesta. No estás mal, pero la verdad es que no te apetece estar ahí, a ti lo que te gustaría es volverte a casa y estar contigo mismo. No es exactamente fobia social y temes ofender a las personas que te han invitado o con las que estás compartiendo el momento. Empiezas a pensar qué sería mejor, si inventarte una excusa o irte sin decir nada para evitar esta incómoda situación con tus amistades o anfitriones:
—Oye, yo me voy ya para casa.
—¿Ya? Pero si acabas de llegar.
—Sí, no me encuentro bien / A mi perro lo han abducido los extraterrestres / Me acabo de acordar que tengo el puchero al fuego.
Es muy fácil que tus interlocutores te insistan y, como te conocen, sepan que estás poniendo una excusa. Es una sensación que cualquiera ha experimentado, así que todo sería más fácil si pudieras explicarlo de manera sintética. Vamos allá.
Antes de formar la palabra, corre por ahí la especie de que 'drapetomania' significa 'la necesidad imperiosa de salir corriendo'. Realmente, es un término que en el siglo XIX se inventó un médico para explicar que los esclavos que querían escaparse tenían una enfermedad mental. De hecho, el término está construido con las palabras griegas 'esclavo' y 'locura'. Para desquitarnos, vamos a hacer la nuestra también con el griego.
Por un lado vamos a coger el verbo griego ἀδημονέω (adēmonéō), que significa estar agobiado, tener una gran aflicción.
He estado buscando palabras que indiquen soledad, y pensando con qué partículas los iba a modificar para darle un matiz u otro, pero he encontrado una palabra que le da rotundidad al término sin necesidad de mayores añadidos: μονάζω (monázō), que es estar aislado o vivir solo y tiene una sonoridad inapelable en castellano. Se hace con el verbo μόνος, que no hace falta que te explique qué es, y la partícula -άζω, que se le añade al verbo para indicar tener la condición de/comportarse como. Con ademoneo y monazo (aunque no lo parezca, NO son de la misma familia) tenemos el ademonazo: necesidad repentina de abandonar un lugar para estar solo en otro, habitualmente el hogar propio.
La conversación nos quedaría así:
—Oye, yo me voy ya para casa.
—¿Ya? Pero si acabas de llegar.
—Es que me acaba de dar un ademonazo tremendo.
—No me digas más, te pido yo el taxi.

No, si yo me quiero ir. Pero... ¿cómo?
Es posible que llegar a este punto de la carta (hemos pasado ya la palabra 1800) la lectura te esté produciendo un ademonazo. Nada me molestaría más que provocarte malestar, aunque ya me quedan pocas cosas que contarte, puedes dejar el resto para otro momento. Me haría mucha gracia que me escribieras recreando el diálogo anterior para decirme que durante la lectura has sufrido un ademonazo y que ya si eso terminarás la carta cuando te dé la gana. Porque con eso voy casi a terminar, con
Van llegando las cartas
He recibido respuestas a la anterior carta y creo que he contestado a todas, me ha gustado mucho lo que he leído sobre traspasar umbrales y sobre el alivio del llanto, y alguien me ha señalado que el umbral en inglés es threshold, que viene de 'golpear fuerte, pisar'. Para nosotros el umbral es el lugar donde empieza la luz y para los ingleses es el lugar para ser pisado. Son un pueblo todavía por civilizar, claramente.
De Arto Paasilinna, traducido por Úrsula Ojanen y Juan Carlos Suñén, editado por Anagrama
Me he devanado los sesos buscando un libro sobre secretos, ¡hay tantos! Y al final he tirado por lo otro, por el salir de Marco y por dejarlo todo atrás.
La novela más conocida de Arto Paasilinna quizá sea 'Delicioso suicidio en grupo', seguro que te suena. Es un autor muy divertido, me he reído bastante en cada cosa que he leído de él, y al mismo tiempo me produce la sensación de extrañeza que me provoca todo lo que viene de Finlandia: son una gente extraña. En corto: un hombre atropella y hiere a una liebre con su coche, la recoge para cuidarla y, en ese mismo momento, decide dejarlo todo atrás e internarse en los bosques con ella. Lo que te he dicho: desconcertante.
El cometa
La segunda y la tercera persona que vieron el cometa estuvieron a punto de no darse cuenta, porque estaban hablándose al oído en susurros, casi en confesión, un poco escondidos detrás de una gran piedra en medio de la playa. Pero lo vieron, y ese es el momento en que también lo hizo la cuarta persona: el niño que estaba dentro de ella y que abrió los ojos desde el interior de su madre al notar la luz que le llegaba desde los de ella.
Creo que con esto ya te he contado todo lo que te venía a contar hoy. Si quieres contarme un secreto, te prometo que te lo guardaré con el mismo celo con el que el protagonista del libro cuida de la liebre. Te deseo que si te da un ademonazo hasta que vuelva a pasar el cometa te des el gusto de poder disfrutarlo largándote sin remordimientos: todos tenemos derecho a no estar aquí.