El paso del cometa

☄ #1 Avistamiento

16/04/2026
☄ #1 Avistamiento

Autoría irrastreable

Hola, persona a la que le gustan las palabras. Esta carta tiene 2417, luego no digas que no te he avisado.

Los manuales para escribir un boletín efectivo dicen que te dirijas al lector por su nombre, pero no voy a jugar a la ficción de que esta carta la he escrito solamente para ti, tú sabes perfectamente que la recibes junto con otras personas. Aun así, he de decirte una cosa: esta carta la escribo solo para ti. Voy a contarte varias historias, y me parece que no te va a quedar más remedio que creértelas todas.

Me gustan las palabras, de las muchas cosas que hemos inventado los seres humanos es una de las más útiles y de las más inútiles al mismo tiempo. No hay consenso científico sobre cómo nacen y se desarrollan las lenguas naturales, pero me imagino que superado el estadio inicial de comunicación, cuando nuestros antepasados idearon las palabras para 'Esta planta mata si se come', 'Vente a la cueva que va a llover' y 'Yo creo que esa hembra del clan de al lado te mira con ojos golosos' y tuvieron cubiertas las necesidades básicas, empezó el lenguaje de la fabulación. Hace poco entrevisté a una escritora que en su primera novela reflexiona sobre el lenguaje, no solo el oral, y en un momento de la conversación me dijo que las palabras hacen tangible lo ideal, levantan un cuerpo físico al evocar una realidad que rápidamente se desmorona porque, claro, aunque las palabras remitan a algo físico no se pueden tocar. No fue así literalmente, pero es lo que entendí, y pensé inmediatamente en este poema, pero no se lo dije porque cuando entrevistas a alguien tienes que dejarle hablar todo lo que puedas a ver si te dice algo que no haya contado en otras ocasiones.
Encara no sabia que les paraules, a més de refugi, també eren perilloses. Perquè va ser per culpa de les paraules que ens vam conèixer.

«Només terra, només pluja, només fang», Montse Albets
Pues eso te quería contar en esta primera carta: las palabras son un sistema de comunicación utilísimo y a la vez infame. Con palabras hemos escrito la Eneida, nos han cantado canciones de cuna y hemos escrito nuestra primera declaración de amor, y al mismo tiempo son capaces de partirte el corazón, hacer que parezca verdad una cosa que es mentira o que de repente viva en ti el recuerdo de algo terrible; pero las designaciones no alcanzan la mayoría de las veces, y nos tenemos que conformar con lo que nos ofrecen, que no es poco. Creo que por eso, inconscientemente, me he hecho amigo y me he acercado a personas que se dedican a la traducción. Intuyo que guardan un secreto que ni ellas mismas conocen, pero que a los demás nos está negado.

En cada paso del cometa te voy a contar el viaje/origen de una palabra.

Entrar en la luz

O de cómo descubrí dónde se acaban las sombras


La palabra que he escogido para esta carta es umbral. Cógeme de la mano y atravesémoslo juntos.

Umbral siempre me ha gustado, pero por los motivos equivocados: creía que venía de umbra, 'sombra' en latín, me parecía evidente que ese parecido no podía ser casual (no seré yo Covarrubias) y ahondando en el error le atribuía una poesía que no tiene: para mí era el lugar donde comienzan las sombras o un lugar que proyecta sombra, pero resulta que es exactamente lo contrario, es allí donde empieza la luz.

Para llegar a 'umbral' en castellano hicieron falta dos palabras latinas: viene de la confluencia de limen ('límite', muy parecida a limes, 'frontera') y lumen ('luz', 'lámpara'). El límite de la luz, una construcción pensada para dividir la luz en dos: la que se queda fuera y la que entra en casa. Tenía la esperanza de estar equivocado, y que el límite de la luz fuese también el comienzo de las sombras, pero en la familia de umbral están lumbre y alumbrar, que se han construido de manera parecida, así que nos tenemos que quedar con el espacio donde una luz, la luz propia del edificio donde está ese umbral, se enciende.
Hay una grieta en cada cosa. Así es como entra la luz.
«Anthem», Leonard Cohen

Ya me perdonarás la cita de Leonard Cohen, que no por estar muy manida deja de llamar a una imagen triste y poderosa, pero me viene bien para separar lo que te acabo de contar de la siguiente explicación, que es bastante pedestre. Umbral es una palabra mutilada, porque originalmente en castellano era lumbral. El contacto con el artículo, 'el lumbral', hizo que la primera L cayese, y acabó sonando a sombra, lo contrario de lo que es; en todo caso, la grafía ya estaba destinada a ser complicada desde el principio: el corpus del diccionario histórico de la RAE la recoge desde el siglo XII como ymbral, limbrar, unbral o vnbral, y solo he mirado en los primeros resultados.

Henri Cartier-Bresson

El umbral es la grieta que deja pasar la luz y también es el último lugar donde todavía podemos arrepentirnos, no entrar a donde íbamos, dar media vuelta.

El umbral es el sitio donde nos espera paciente el vampiro a que le invitemos a entrar por nuestra propia voluntad, es la emoción de lo que está a punto de ocurrir y el miedo por lo que todavía no ha ocurrido; es quedarse en la sombra fresca un día de verano o refugiarse del viento de la calle en otoño, es perfecto para darse un beso lejos de las miradas de los transeúntes pero sin la confianza necesaria como para entrar en casa; en su esquina podemos encontrar un nido o una telaraña, un grafiti o la inscripción del cantero: es entrar para salir y viceversa, es fabular a que se puede ser otro, es dejar atrás la propia sombra.

Ahora que he aprendido de dónde viene, ya sé que también es luz, antorcha y fuego. Como para arrojar sombra es necesaria la luz, quizá yo no iba tan desencaminado con mi etimología de andar por casa.

Le he pedido a algunas personas con mucho talento para contar cosas que nos digan cuál es su palabra favorita, en esta primera carta tenemos la de Adriana.
Niñera
La palabra 'niñera' lo tiene todo, empezando por la satisfactoria sonoridad que proporciona esa eñe tan bien tirada y acabando por la polisemia. Una niñera es una mujer que cuida niños, sí, pero también puede ser simplemente una persona a la que le gustan mucho los niños. De vez en cuando ambas acepciones coinciden en un mismo ser humano, como me ocurre a mí. A veces bromeo con mis niños y les digo que cuando termine de criarlos voy a cambiar de registro y adoptaré a un monito cuyos padres trabajen muchas horas, porque me apetece probar por un tiempo a ser monera. A mis niños les encanta fantasear con los puntos que van a ganar por comparación: están seguros de que el mono se me subirá a las lámparas, me robará la fruta de casa y me dará muy mala vida. Paladean golosamente en su imaginación el momento en el que yo reconozca, derrotada, que lo de intentar ser monera se me ha ido de las manos. Verás tú cuando les cuenten en el cole que las moneras eran uno de los reinos de clasificación de los seres vivos; se les va a terminar de descuajeringar el cerebro. 

Pero volvamos a la palabra 'niñera'. Llevo años luchando contracorriente para reivindicarla y recuperarla. Es una palabra antigua, rara, la gente cree erróneamente que es de pijos, aunque los pijos de verdad llaman 'tata' a la niñera, y los que quieren disimular que tienen una la llaman 'canguro'. Una vez, en un cumpleaños, una madre me regañó por presentarme así: «Querrás decir cuidadora», me corrigió con una sonrisa incómoda, a lo que yo respondí: «Es que solo cuido a estos dos, y todavía les falta bastante para llegar a la adolescencia». Me mordí la lengua para no añadir que ser 'adolescentera' debe de ser un curro curioso también. 

En cualquier caso, ni monera, ni adolescentera ni niñera te sacan de pobre, conviene pensarlo bien antes de meterse en esta vida. A mi niña le gusta mucho cuidar de otras niñas más pequeñas que ella, y lo hace francamente bien, diría que mucho mejor que yo misma, pero la muy bruja dice que prefiere no ser niñera, que no cree que paguen lo suficiente por tanto trabajo…

Por lo que sea, esta Santa Margarita golpeando al diablo con un martillo es la mejor imagen que se me ha ocurrido para ilustrar la palabra favorita de Adriana (Detalle del 'Matrimonio místico de Santa Catalina', de Barna da Siena, 1340).

Otra cosa que voy a hacer en todas las cartas es una recomendación breve de un libro. Que tenga que ver con la palabra que he escogido yo, con la que ha escogido la otra persona que nos ha regalado la suya, o todo lo contrario.

Un libro

Lo que tendría que hacer aquí es recomendarte el libro de Adriana, porque no hay otro mejor que vaya con la palabra niñera, pero sé que a ella no le iba a hacer mucha gracia, así que simplemente te dejo el enlace y ya lo miras tú si quieres.

El que te voy a recomendar es Planeta solitario, de Ana Flecha Marco, ed. Mr. Griffin, donde cada palabra está bien escogida y las palabras nos hacen ir de lo particular a lo universal.

Es pequeño y grande a la vez

Es una guía de viajes o una antiguía de viajes, es un dietario y un libro de memorias, no sabría cómo calificarlo, pero es una pequeña maravilla. Caben el día que le regalaron unos prismáticos, anécdotas robadas, una historia natural de las maletas, las Imágenes en movimiento de una abuela soriana y tres mujeres argentinas y muchas cosas más en apenas 150 páginas. Tiene también una virtud muy escasa y es que no solo admite relectura, sino que cada relectura también es descubrimiento.

La última sección fija de estas cartas es una palabra que me voy a inventar y que, si lo piensas bien, tampoco hacía falta
Llorar solos
Supongo que en alguna ocasión Adriana se habrá quedado en el umbral de la habitación dejando llorar a alguno de los niños que ha cuidado. Esa es la palabra de hoy.
Shoshe no respondió de inmediato. Estaba intentando sentir sus propias entrañas. No, no sentía ningún apetito. Ni siquiera para un pescuezo o intestino de pollo relleno. Quiso llorar, pero no pudo.
* * *
Cuando llegué a este punto en mis pensamientos, empecé a llorar. Sollocé tanto que empapé la harina sobre la cual estaba acostado. A la mañana siguiente, fui a ver al rabino y le dije que me había equivocado.

«Viernes corto» y «Guimpl el ingenuo», cuentos de Isaac Bashevis Singer
Llorar uno solo cuando se tienen ganas o no se tiene más remedio es terapéutico e incluso necesario de vez en cuando. A veces por una angustia concreta o por una desazón de la que no conocemos el origen, suele ser un llanto limpio y ligeramente reparador, incluso cuando lo hacemos delante de alguien, aunque intentemos contenerlo, y con un gesto le indicamos que no necesitamos consuelo, que lo que necesitamos es llorar. ¿Cómo podríamos construir la palabra para las ganas de llorar solos?

Primero me he ido a buscar términos grecolatinos para soledad, llanto, pena, lágrimas... pero como las combinaciones no me han convencido, he recurrido a los mitos. Tenemos bastantes personajes relacionados con las lágrimas: Aclis, la niebla de la muerte y personificación de la tristeza; Aretusa, que huyendo del dios-río Alfeo se convirtió en agua; Níobe, que se convirtió en piedra tras un dolor desgarrador y aun así las lágrimas seguían brotando de sus ojos. Al final me he quedado con Biblis, que lloró tanto estando sola que se acabó convirtiendo en una fuente. Por otro lado, cojo sidus, que está en la raíz de 'desear', la coloco en medio de Biblis y que queda el verbo bisiblar y el sustantivo bisidiblo, que además tiene cierto aire onomatopéyico con el hipo que a veces acompaña al llanto o con la incapacidad de decir una frase completa sin suspirar o sorber las lágrimas. Quedaría algo así:

—¿Dónde está Antonio?
—Bisiblando en la cocina, déjale.

Evitamos mayor explicación, porque si nos preguntan por Antonio y decimos 'Está llorando él solo en la cocina' el interlocutor nos juzgará por no ir a consolarlo, pero si sabe que necesita llorar solo le dejará en paz.

—Me volví a ver Los puentes de Madison el otro día, y menudo bisidiblo cogí, me quedé como nuevo.

Sin más explicaciones, la persona con la que hablamos ya no necesita preguntarnos si estamos bien. Ya me gustaría haber escogido otro término para empezar, pero es el que ha tocado. En otra ocasión hablaremos del llanto de alegría, del de dolor físico, del de la pérdida... Son tan diferentes las lágrimas según lo que las provoque que asombra que el castellano tenga tan poquitas palabras para graduarlas.

Detalle del Descendimiento de la cruz, Rogier van der Weyden

El cometa

La primera persona en avistar el cometa no fue un astrónomo, ni un científico, ni dos enamorados contemplando el cielo nocturno desde la playa. Fue un niño que subía la montaña opuesta al mar cuando rayaba el alba, iba camino de una cueva a enterrar un secreto y vio cerca de Venus un resplandor que le era desconocido.

Creo que con esto ya lo tenemos todo, te voy a ir dejando que tendrás mucho que hacer. Prometo no tardar mucho en volver a escribirte. Mientras tanto, voy a buscar una nueva palabra que crea que te va a gustar y también voy a engatusar a otra persona para que te cuente cuál es la suya preferida. No sé cuándo volverás a recibir noticias mías, voy a intentar que sea antes de que acabe el mes. En la espera, me puedes escribir para contarme tu experiencia con los umbrales, con las niñeras o con alguna palabra que te haya dado problemas o te haya hecho llorar, me encantará leerte.

Ya has cruzado conmigo el umbral de las palabras y estamos solos y sin niñera, no hay vuelta atrás, nos toca enfrentarnos al lenguaje.

Hasta pronto.