
'El Sueño de una noche de verano' en el Festival Stratford de Canadá, con Maggie Smith como Titania

Demon Bonfire, de Marisa Bruno
Si quisiéramos identificar a una persona con los rasgos que le son únicos, una de las primeras cosas que le preguntaríamos sería su nombre. De todas las clases de palabras que existen, el nombre propio es una de las más singulares: no solo designa un objeto, sino que le da una entidad única en el universo, y en el caso de las personas nos predispone a ser de una manera u otra. Está largamente estudiado que los nombres actúan como señales sociales: al oír un nombre, activamos asociaciones culturales (¿Pero cómo va a ser juez si se llama Kevin?; Te pega llamarte Bruno, es nombre como de niño juguetón, y tú eres muy alegre), aunque en lo que no se ponen de acuerdo los estudios es cuánto nos condiciona. Dependiendo de a quién leas te dirán que es anecdótico o que es fundamental.
Por mi parte, sí creo que el nombre que llevamos nos determina en cierta medida, y he procurado que los que llevan mis hijos tengan una pequeña historia detrás para que no crean que la decisión de individualizarlos mediante una palabra fue fruto del azar.
La persona que hay tras la máscara
La palabra 'nombre' tiene una etimología realmente sencilla: viene del latín nomine, y este del indoeuropeo nomn, el viaje que ha hecho esta palabra hasta llegar a nosotros ha sido realmente corto. Nos ha dado otros derivados, quizá el más feliz de ellos es 'nómina', que es el nominativo plural de nomine, sería simplemente 'nombres' y se usaba para designar una lista que en castellano ha derivado en el salario que se paga a alguien. Te he traído 'nombre' para poder relacionarla, en el caso de los nombres propios, con la
Hay tres teorías para el origen de persona, y las tres tienen máscara. La que hemos oído todos es que viene del latín personare, 'sonar a través de', y que se refería a la abertura de las máscaras teatrales que los actores utilizaban para caracterizarse y amplificar la voz.
Otra dice que viene del griego prósopon, que significa tanto 'rostro' como 'máscara teatral' y 'personaje'. Ambas suenan bien, pero parece que son falsas, y que el origen está en el etrusco phersu. El Phersu era un personaje enmascarado que se relaciona con rituales funerarios, y pasó al latín como persona, que empezó significando la máscara y/o el actor que la llevaba, y fue evolucionando a lo que en español definimos como personalidad. Aquí te dejo una representación del Phersu en plena faena.

El Phersu, en la Tumba de los augures de la Necrópolis de Monterozzi
Por fin una que no viene del latín
Máscara pasa al castellano desde el catalán mascarar, que hoy en día viene definido el diccionario de la AVL como 'mancharse la cara' y que ya entonces significaba tanto eso como 'disfrazarse'. Allí había llegado desde el italiano maschera, que a su vez le había cogido la palabra al árabe maskhara, que significa tanto 'bufón' como 'burlarse'.
Tenemos al final un nudo de significados que nos lleva a que el nombre es cómo se llama alguien, persona es cómo aparece ante los demás y máscara es el papel que representa ante los demás.
Para rizar el rizo, tenemos personero, que es una palabra que nunca había oído y que designa al que representa a otro en un asunto legal. Solo he encontrado otra transposición biológica entre personas: vocero, que es el que sustituye la voz de otro, pero seguro que hay más.
Al final todo es lo mismo
El nombre propio es uno de los pilares de nuestra identidad. Identidad viene del latín identitas; identitas viene de idem e idem es la unión del pronombres is, ea, id (él, este, aquel) con la partícula enfática -em. O sea, que significa 'lo que es lo mismo', y nos sirve para construir la identidad y las cosas que son idénticas. Así que terminamos donde empezamos, la máscara, la persona, el nombre: es todo lo mismo.
Y puede que tú tampoco
Voy a terminar la parte de las etimologías, que ya me está quedando larga, con una historia de apellidos.
Quizá sepas que durante muchos años en Mongolia no se utilizaban apellidos ('apellido' viene de apellare, que es 'nombrar, dirigirse a alguien').
Tradicionalmente se empleaba como apellido el nombre del clan que te correspondiera, pero el gobierno pensó que eso no hacía sino señalar diferencias entre ciudadanos. Estuvieron prohibidos durante unos 80 años, y en su lugar usaban un sistema patronímico.
En los años 90 decidieron recuperar los nombres de clan, y dejaron a elección de cada ciudadano cuál ponerse. Mucha gente no sabía cuál le tocaba, así que cogieron 'Borjigin', que era el de Gengis Kan. Otros descubrieron que su nombre de clan era 'Siete borrachos' o 'Ladrón' (acabo de mirar el INE: en España hay más de mil personas apellidadas 'Ladrón' y 44 'Vino'), así que prefirieron ponerse el nombre de su ciudad, su profesión u otro rasgo que les caracterizase. Para muchos era la oportunidad de escoger su identidad.
El primer y único cosmonauta mongol, Jügderdemidiin Gürragchaa, tuvo que elegir, igual que todo el mundo. Y decidió que su apellido y el de sus descendientes sería 'Sansar', que en mongol significa 'Cosmos'.
Ahora sí que remato este bloque: buscando la historia del cosmonauta, he dado con un listado de los nombres propios más comunes en Mongolia, y en el top 20 está Nergüi, que significa 'Sin nombre'.
Renunciar a la identidad es una identidad en sí misma. La fortuna que ha hecho este nombre en Mongolia es porque está pensado para confundir a los espíritus que vienen a llevarse las almas de los bebés, que pasarán de largo si uno no tiene nombre, si carece de identidad y que nos remite al adagio de que lo que no se nombra no existe.
Qué quieres que te diga, si le funcionó a Ulises no sé por qué no le iba a ir bien al clan de los Sansar, los hijos del Cosmos.

La Iliada y la Odisea, ilustrado por Alice y Martin Provensen
La palabra favorita de Oti Corona
La palabra 'contar', que es la mejor del mundo, tiene un significado aburridísimo y otro que es mágico. El aburridísimo está relacionado con secuencias ordenadas de números. El mágico, con secuencias ordenadas de sucesos. Contar números aburre porque te obliga a decir la verdad: naciste el día tal y por tanto tienes tantos años, o mides metro cincuenta y seis o subes cada noche nueve escalones para llegar a tu habitación. No hay creatividad ni invento posible. Dos y dos son cuatro. Ah, pero contar sucesos, narrar, relatar. Ahí sí. Ahí puedes contar cualquier cosa que te pase por la cabeza. Da igual si es cierto, si es mentira, o si quieres que sea cierto pero tu cerebro se relaja y decora los hechos a su manera.
Al que cuenta números le pusieron nombre de señor gris con monóculo: contable. En cambio, al que cuenta palabras, al que te engatusa con las voces de los personajes, al que te atrapa con la mirada, al del sombrero verde o la bufanda de colorines… a ese le llamaron 'cuentista'. Todos hemos sido cuentistas en algún momento de nuestras vidas. Unos por oficio, otros por afición, y los más por supervivencia. Cuentista el papá que se queda dormido mientras le alarga el encuentro del lobo con Caperucita al niño insomne de la familia. Cuentista la hermana que te llama para contarte cómo le va. Cuentista tú cuando te inventas una excusa la mañana que llegas tarde a la oficina.
Me encanta la capacidad del término 'contar' para referirse al mismo tiempo al relato y al número. Si las mujeres contaran es el libro en el que Marilyn Waring demuestra que el trabajo de las mujeres se deja de lado porque no quieren contarnos ni que contemos, ni en números ni en palabras. García Márquez escribió un librito a partir de un taller de cine y le puso un título maravilloso: La bendita manía de contar. Tengo una buena amiga que suelta larguísimas secuencias de números por lo bajini cuando se estresa. Yo recito fragmentos de libros que he leído y que se me han quedado grabados como una letanía.
'Contar', que viene de computare, está compuesto por el prefijo con (todos, junto) y putare que tiene un montón de significados. Me quedo con dos: el primero, calcular. Dejen que les cuente una cosa aunque no venga a cuento: Cuando los romanos salían a la batalla, cada soldado dejaba un guijarro (un calculus) en un recipiente a la salida del campamento. A su regreso, cada romano recuperaba una de las piedrecitas. Las piedras sin dueño que quedaban en el recipiente les servían para conocer el número de bajas. Con ese recuento de calculus inventaron el término calcular.
Me he guardado para el final el otro significado de putare: podar selectivamente. Escoger qué se cuenta y qué no, y también dónde termina una de contar.

El cuentacuentos Llorenç Giménez, de feliz memoria
Es urgente utilizarla ya mismo
Seguro que te ha pasado alguna vez: lees un libro y antes de acabar la lectura sientes la necesidad de leer todos los demás de la persona que lo ha escrito; estás viendo una película y a mitad deseas que acabe pronto para poder ponerte otra de la misma directora; descubres que hay una rana en el Amazonas que hiberna escondida debajo de una planta venenosa y quieres saberlo todo sobre la planta, la rana y cualquier otro dato aledaño.
Para hacer la palabra vamos a recurrir a tres palabras latinas: necessitas (necesidad), statim (inmediatamente, sin pausa) y vorare (devorar) con el sufijo -ita, que indica cualidad.
Nos quedaría necstatimvorita, contraemos la cs a x, y la palabra sería nextatimvorita, que tiene las tres cosas y cuyo sonido nos remite también a 'favorita' y a la palabra inglesa 'next'. A ver, la palabra de hoy me ha quedado un poco fea y difícil de decir, pero todo lo demás creo que lo tiene.
La definición quedaría más o menos:
Sust. f.
Estado mental o impulso caracterizado por la necesidad inmediata e intensa de consumir o explorar por completo información nueva sobre un objeto de interés (persona, obra, fenómeno, sistema o concepto), con tendencia a la hiperfijación y exploración exhaustiva sin pausa.
V. tr
Experimentar o entrar en el estado de nextatimvorita; sentir o ejecutar el impulso inmediato de consumir de forma intensiva y total toda la información disponible sobre algo recién descubierto.

Es urgente. Foto de Lukas Vasilikos
Ana María Matute

El libro que te recomiendo hoy viene al hilo del inicio de este cometa. De todas las personas de las que he sido contemporáneo y me hubiera gustado conocer, Ana María Matute está entre las primeras; tiene una frase que me encanta, resume muy bien su obra y la repetía en las entrevistas:
Leí hace muchos años Primera memoria y hace poco me puse el audiolibro en un viaje no demasiado feliz que se hizo más ameno gracias a Matute. En él se cuenta el paso de la niñez a la adolescencia la protagonista, Matia, y de su primo Borja con la Guerra Civil de fondo. Se han ido a vivir con su abuela a una isla (es un personajazo, la abuela) en el primer verano de la guerra. La novela es un lento desprenderse de la ingenuidad de la infancia contado de forma maravillosa, nadie escribía como ella.
No habían pasado ni dos horas desde que la primera persona lo había visto, y ya estaba casi todo el pueblo reunido. Nadie sabía lo que era, pero todos estaban de acuerdo en que había que llamarlo de algún modo. El problema era que nadie sabía cómo hay que llamar a las cosas que no se conocen.
Bueno, te dejo dándole vueltas a tu nombre, a si acertó quien te lo puso, a si acertaste cuando nombraste a tus mascotas y a cuál sería el que deberías llevar.
Había hecho una lista de nombres cuyo significado me ha llamado la atención (Claudia es coja, Bárbara es la que no sabe hablar, viene del griego para balbucear), pero creo que yo me he alargado y los días se están acortando; además, ya hemos entrado en el verano, la estación más urgente.
Te vuelvo a escribir en breve.
Nota bene:
He empezado la carta diciéndote que me gusta mucho el solsticio. Todos los años durante estos días me releo El sueño de una noche de verano y veo la película de 1999, que me hace mucha gracia.
Me encanta el personaje de Titania, la reina de las hadas. Buscando el imaginario de esta carta me he topado con un montón de Titanias, desde Vivian Leigh a Isadora Duncan. Te las dejo aquí abajo y ahora sí me voy.

Anita Louise en la versión de 1935

Suzanne Farrell, en el ballet de 1966

Judi Dench interpretó a Titania de joven, haciendo un greenface, y después de mayor

Vivian Leigh

Pamela Lyndon Travers, creadora de Mary Poppins, hacia 1922

Isadora Duncan

Christina Silver. De todas esta es la que mejor mira con actitud de 'Soy la reina de la hadas y tú no, pringao'